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Tan tranquilos y tan envenenados

Ambiente 23 de agosto de 2021 Por NEP Cooperativo
El Grupo Interdisciplinario de Trabajo para la Salud Ambiental (G.I.T.S.A) advirtió a través de un comunicado que el problema de la contaminación por agrotóxicos sigue siendo una deuda pendiente para la sociedad. Trenque Lauquen es un pueblo fumigado, pero no se encienden las alarmas en los profesionales de la salud. El tema, también, está ausente en la campaña electoral.
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Es mucho más fácil hacer “entrar en razón” a alguien cuando el potencial trastorno de salud es agudo, ya que el malestar se manifiesta rápidamente luego de la exposición al agente patógeno. Así se ha verificado en el caso del coronavirus, de manera que los comportamientos de la mayoría de las personas rápidamente cambiaron para evitar un mal que se desencadena a los pocos días de haberse expuesto.

Pero cuando se trata de alertar y generar cambios de conducta en relación con los agentes que exhiben toxicidad crónica, porque sus efectos graves y/o mortales se verifican en un mediano o largo plazo (meses, hasta años después de exponerse), lamentablemente la cuestión se invierte, y es una minoría la que está dispuesta a cambiar hábitos. Resulta sencillo para los propagadores de una “falsa tranquilidad” derramar sus cantos de sirena que mezclan letanías ramplonas como “no hay evidencias”, “las cosas son así y no se puede cambiar”, “los que denuncian son fundamentalistas, poco serios, irracionales”, etc.

Sin embargo, lo verdaderamente racional sería:                                                            

* No acostumbrarnos a vivir en un ambiente cada día más contaminado…                                          

* No aceptar que nuestros alimentos se produzcan usando venenos como si fueran “agua bendita”…                                                                                                      

* No consentir la injusticia de que resulte una herejía discutir aunque sea de modo insignificante las ganancias privadas, mientras se consagra como realidad inmutable e indiscutible la socialización de las gigantescas pérdidas ambientales (agua contaminada, aire insano, suelo con menos vida, alimentos con residuos tóxicos)…

Trenque Lauquen nunca fue realmente una “Ciudad ecológica”, pero sí viene siendo desde hace décadas un “Pueblo fumigado” más, entre tantos de esta región del mundo (recordemos que Argentina y Brasil consumen más del 20% de los agrotóxicos que agreden día tras día el planeta Tierra). Podemos afirmar que mientras la sociedad trenquelauquense siga aceptando como verdad revelada que la única manera de cultivar es usando millones de litros de venenos cada año, esta realidad tenderá a mantenerse, con sus secuelas de enfermedad y muerte (aunque sean demoradas, y por tanto se dificulte asignar causas específicas). 

También es muy claro que mientras los profesionales de la salud se abstengan, con escasas excepciones, de aportar sus granitos de arena al debate por la salud ambiental, habrá que seguir diagnosticando como si fueran “fatalidades” aquellos trastornos orgánicos que, en el fondo, la mayoría sabe que están ligados a un sistema de agronegocios enloquecido por la rentabilidad a corto plazo y desentendido completamente de los costos ambientales que genera minuto a minuto (¿cómo es que no se han planteado que los frecuentes casos de hipotiroidismo y otros trastornos de la glándula tiroides podrían estar asociados a la presencia en el ambiente de potentes disruptores endócrinos como los herbicidas 2,4-D y atrazina?).

El sistema de agronegocios inocula tranquilidad porque está obligado a ocultar sus falsedades, a saber:                 

1°) Es inevitable cultivar envenenando, “porque así se alimenta al mundo”: FALSO, ya que el agronegocio alimenta a menos del 30% de la humanidad (aunque disponga de más del 75% de los recursos agropecuarios), mientras que la agricultura campesina y familiar alimenta en forma principal y/o exclusiva a más del 70% de la población mundial (aunque cuente con menos del 25% de los recursos agropecuarios), según el trabajo “¿Quién nos alimentará? La red campesina alimentaria o la cadena agroindustrial”, 3° edición de 2017, cuyos autores son del Grupo ETC (se puede consultar en https://www.etcgroup.org/sites/www.etcgroup.org/files/files/etc-quiennosalimentara-2017-es.pdf).                                                                                              

2°) Con los cultivos transgénicos se reduce el uso de químicos: FALSO, pues cada año se utilizan más millones de litros, ya que la resistencia de las plagas obliga a aumentar las dosis por hectárea.                                                                                                  

3°) Los productos “banda verde” son seguros: FALSO, debido a que el color del bidón sólo refleja la toxicidad aguda, pero nada dice de la toxicidad crónica (así que un “banda verde” puede ser mutagénico, cancerígeno, disruptor endócrino, etc.).                                                                                                  

4°) Las “buenas prácticas agrícolas” son el camino a seguir para cuidar el ambiente: FALSO, pues nadie controla si las prácticas son buenas, regulares o malas (a lo sumo, se intenta sancionar una “mala práctica”, cuando el daño ya está hecho); por lo tanto, las prácticas agronómicas quedan libradas a voluntades individuales permanentemente engañadas por publicidades de las compañías químicas.

Por si hiciera falta ser más “gráficos”, en el trabajo antes citado del Grupo ETC se expresa que: “Por cada dólar (US $1) que los consumidores pagan a los vendedores minoristas dentro de la cadena agroindustrial, la sociedad paga otros dos dólares (US $2) por los daños ambientales y a la salud que la misma cadena provoca”.  

Ojalá en algún momento del futuro cercano, esta problemática ocupe tanta pantalla como otros temas ambientales en la actualidad (cambio climático, carpinchos en Nordelta, torres de lujo en Costanera Sur, etc.). De otro modo seguiremos incorporando “nuestro veneno cotidiano”, incluso con un menú de tóxicos cada vez más diverso (a los habituales venenos podríamos estar sumando pronto el glufosinato de amonio procedente de pan y pastas derivados de trigo transgénico, resistente a tal herbicida, cuya toxicidad crónica compite en gravedad con la del famoso glifosato, por más “banda verde” que se los quiera vender y disimular).