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EL ÚLTIMO MORTAL

Especiales 21 de marzo de 2021 Por NEP Cooperativo
Un cuento del escritor y poeta trenquelauquense Juan Pablo Añino.
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La conquista más absoluta de la humanidad consistía en conseguir la inmortalidad. Esto sucedió por fin.
Cuando la vieja mortalidad concluyó, hubo un último mortal.
Había un procedimiento específico para dejar de ser mortal: era un tratamiento al que tenían que someterse voluntariamente todos los que quisieran lograr ser inmortales.
Los primeros antecedentes se encontraban en el Plan Fénix, un proyecto ultrasecreto que había desarrollado La Empresa. Combinaba conocimientos de biotecnología, biología genética y otras ramas y disciplinas de la ciencia que no viene al caso mencionar.

El director de La Empresa fue, en realidad, el Primer Inmortal. Se llamó a sí mismo “EL”.
“EL” guardó y ocultó celosamente el conocimiento que había logrado adquirir durante largo tiempo. Un detalle a mencionar es que La Empresa estaba organizada de tal manera que los numerosos sectores aplicados al desarrollo del Plan conocían solo parcialmente el fenómeno y únicamente “EL” tenía en sus manos la totalidad de la información. Puede decirse que los científicos y técnicos que trabajaban allí estaban enterados de parcialidades del proceso; sin embargo, solo “EL” conocía el resultado.
El principal edificio que tenía La Empresa se llamaba Edificio Araucaria. Era sumamente moderno y oficiaba de sede por sus fastuosas dimensiones, su seguridad y su tecnología. En su aspecto exterior imitaba lujosamente las formas del antiguo árbol originario. Pero "EL”se sentía solo y demasiado diferente y decidió que tendría que eran necesarias otras personas que compartieran tan gran conquista. Por supuesto “EL” no era nada tonto: las personas elegidas fueron las personas más ricas del planeta.

Acceder a la inmortalidad, en un primer momento, fue carísimo. Recibir el tratamiento costaba millones de dólares. Solo muy pocos, realmente los elegidos, podían ser parte del procedimiento específico para convertirse en inmortal. Por largas centurias los inmortales fueron una elite. Y lo hubieran seguido siendo si no hubiera habido una filtración en la información de La Empresa, derivada de una investigación periodística que llevó a cabo John Eyes, avezado periodista e investigador. John Eyes logró establecer patrones de coincidencia sumamente extraños: detectó a personas con las mismas características fisonómicas que reaparecían a través del tiempo de manera  que resultaba imposible pensar que eran los mismos. Sus apariciones y reapariciones superaban la posibilidad de la expectativa humana, que era de aproximadamente ochenta años. Eyes dateó todas estas curiosidades meticulosamente y se vio sorprendido con lo que le revelaba su propio material: las secuencias de reapariciones abarcaban a veces más de un milenio.

Al principio le pareció una locura, una incongruencia y pensó que estaba desvariando. Pero con el tiempo, pudo obtener información fehaciente para confirmar que las cosas sucedían tal como él más lo temía. Se dio cuenta de que esto no era una mera coincidencia, ni tampoco una repetición de patrones genéticos en la que se reproducían similitudes, sino otra cosa por completo diferente.
En base a las pruebas, le quedó claro que eran las mismas personas viviendo a través de larguísimos, extensos e interminables años.
Los detalles de cómo se realizó esta investigación periodística se salen del marco de la historia por narrar; no cabe explicarlos, no por obviedad, sino porque sería excesivo contar los procedimientos que aplicó Eyes para lograr hacerse con los datos. Pero no es nada extraño a los ojos de la audiencia comprobar que un periodista descubre algo realmente importante y más si trabaja con un equipo… Está lleno de casos el historial de las grandes investigaciones…

De cualquier manera, John logró dilucidar lo que se ocultaba detrás de las apariencias de La Empresa. Supo a ciencia cierta que “EL” había descubierto el procedimiento específico para lograr la inmortalidad. Luego de tener armadas las notas, logró que el jefe de redacción, Walker “perro caliente” – apodado así por su carácter – permitiera la publicación de sus investigaciones. Tuvieron un lugar destacado en el “Mailing Express”, periódico de circulación masiva. Fueron en realidad un artefacto explosivo en circulante detonación para la opinión pública. La Empresa, sin embargo, tenía una impresionante logística y un poder tal que no solo logró enrocarse y ocultar todo lo que sucedía sino que demandó a Eyes y mediante las más bajas argucias contradijo todas sus afirmaciones. Luego, con jueces y abogados prolijamente arreglados, continuaron con un proceso y lo acusaron de falsedad ideológica y malversación de criterios frente a la opinión pública, junto con otras tantas calumnias que bien versadas aparecieron como lógicas.

Eyes quedó en ridículo frente a los que un tiempo antes habían abierto los ojos sorprendidos por sus declaraciones. La primera impresión de la masa media se terminó de dar vuelta y todos pensaron que habían creído en los delirios de un loco. Un loco inteligente y muy creativo, pero un loco al fin. La carrera de John Eyes cayó abruptamente en un abismo. Las presiones hicieron que lo despidieran del “Mailing Express”. Aparte, su carácter se había vuelto muy violento, estaba irascible y permanecía irritado. Tampoco halló, por largas semanas, un empleo sustituto.

El poder y la influencia de La Empresa no llegaron solo hasta ese punto: siguieron tras el hueso como los buenos perros. Continuaron adelante e inclinaron las condiciones para que la justicia interviniera dictaminando que Eyes necesitaba tratamiento médico. Por supuesto Eyes ayudó pateando un par de vidrieras y rompiendo varias botellas en el bar. Los personeros comprados lo llevaron junto a un dictamen de obligatoriedad de la justicia rumbo a una internación por tiempo indeterminado para su reaparición social y el estudio de sus facultades alteradas. Por supuesto, la institución donde lo internaron dependía también de La Empresa. Era simplemente otro de los mecanismos de controles preventivos para la conservación del Secreto.

Fue duro lo que John Eyes tuvo que vivir allí bajo los efectos de sedantes fuertísimos y bloqueadores químicos, inmerso en un nefasto plan para controlarlo definitivamente. En su más profunda interioridad, sin duda se mantuvo firme y nunca olvidó lo que había podido descubrir, pese a estar babeándose como un idiota. Fue atando cabo a cabo todo lo que iba sucediendo y cómo eran las cosas en realidad. En su mente adormecida iba trazando lenta y dificultosamente las mismas palabras, repitiéndose el extraño mantra en medio de la interferencia química.

Al año y medio, después de mapear el territorio y sus falencias, logró evadir el control y escapar de la institución: lo habían subestimado. Se hallaba desamparado y solo. De ninguna manera podrían haberlo reconocido sus antiguos colegas. Su rostro había cambiado, estaba gordo, inflado como un globo y tenía una barba de fronda canosa. Sus ojos giraban con una extraña fiebre que asustaba al que lo mirase. No tenía nada de lo suyo: de todo se había encargado La Empresa. Minuciosamente le había quitado todo, su auto, su casa, su familia. Eso era lo que más le dolía. Extrañamente, fue viendo la desaparición de su hermano, de su cuñada, hasta de su amorosa madre y su amada esposa. Los destinos inventados eran solo la excusa para cubrir sus seguras muertes. Ahora entendía por qué había pasado tanto tiempo sin sus visitas, sin sus ojos esperanzados y crédulos.

Sin nada más que hacer, tomó contacto con un grupo revolucionario. Entre largas y blancas rayas de cocaína compartidas se dio cuenta de que la política de ese grupo de acción directa era por completo diferente de lo que él esperaba y que actuaban en un universo muy disímil para lo que él quería plantearles. Sin embargo, el tiempo pasó y se los confió. Ellos lo escucharon y por coincidencias estratégicas de conveniencia decidieron ayudarlo. Investigaron sus dichos paso a paso. Confirmaron una por una sus versiones y terminaron abrumados por el despertar de un nuevo día, un día inmortal y completamente cierto.
El grupo comando pasó a la acción haciendo gran difusión alternativa de lo descubierto. Pronto la opinión pública se vio bombardeada por volantes, afiches y revistas sobre el tema. Lo que publicaban esta vez no era teórico. Exponían caso por caso las investigaciones de los seguimientos de las personas inmortales, sus identidades, sus patrimonios, sus relaciones con el poder, los antecedentes históricos y su verdadera edad, que a veces superaba el millar de años.

Cuando la opinión pública procesó la información y la sumó a las anteriores publicaciones de John Eyes y de todos los morbosos detalles de su experiencia de vida, volvió a cambiar de idea. Como se dan vuelta los panqueques, así tal cual volvió a creer la gente en lo que anteriormente había creído. Todos volvieron a pensar que el primer argumento era cierto.
Los medios explotaron con notas primicia, con plenos titulares en primera plana. Para ese entonces, La Empresa vio que era inevitable admitir en parte la verdad. De algún modo, Eyes había hecho “touché”. La Empresa abrió en alguna medida su política secreta y admitió que existían ciertos avances – aunque nunca completos – de procesos para conseguir acercarse a la inmortalidad. Si bien las palabras del representante fueron vacías de sentido específico y nada tenían de realmente particular o sustancioso, pudo avanzarse y era “vox populi” que off de record se hacían declaraciones un tanto más jugosas. Se generó un gran movimiento de opinión con la admisión de estos avances y hubo serias especulaciones sobre lo que significaba ser inmortal. Todos, en verdad, querían serlo aunque algunos lo negaran.

La Empresa vio en esta ocasión la posibilidad de un enorme negocio y trascendieron “papers” tipo para contratar el procedimiento específico para ser inmortal. Esto era más claro que el agua, sobre todo al mirar el monto de la cifra que se requería pagar para ser tratado. El número llevaba cierta cantidad casi extralimitada de ceros a la derecha. Era concretamente una oferta para el segundo sector con mayor poder adquisitivo. Los próximos inmortales aparentemente serían solo algunos grandes capitalistas forrados en dólares.
Y así fue. Primero fueron ricos, después inmortales. La Empresa aclaraba por si alguien no entendía bien que la inmortalidad que se lograba no era indestructible, no era que uno, luego de ser tratado, fuera resistente a las balas, a caer de un rascacielo, o a ser asesinado violentamente por parte de terceras personas… Era un tratamiento que, aplicado a las personas, les permitía vivir eternamente siempre y cuando no actuara una fuerza opuesta. Ser inmortal era ser potencialmente inmortal. Era la posibilidad de vivir para siempre pero no significaba no poder morir.

Por lo tanto, aquellos que se inmortalizaban debían ser muy celosos de su conquista, tomar todas las precauciones de cada caso para no ser vulnerables al peligro de agresiones o violencia por parte de terceros. Los mortales perdían su vida a escasos ochenta años, a lo sumo. En cambio los inmortales perdían mucha más que una vida mortal, perdían la eternidad.
Para este entonces, John Eyes era todo un héroe y La Empresa tuvo que resarcirlo moral y económicamente. Por supuesto, le ofreció gratuitamente el tratamiento. a lo que Eyes accedió. Esto sucedió dentro del gran boom que fue todo aquello y resultó una cosa extraordinaria.  

Pero también hay de estos casos algunas anécdotas en los historiales. Aunque no es tan común como la consecución de una primicia, en un segundo orden de cosas se observaba otro fenómeno con solo fijarse. Con el paso de los años los costos bajaron y fueron accediendo al privilegio otros sectores, hasta que le llegó el turno a las clases medias. Y finalmente, muchísimos años después, ser inmortal comenzó a transformarse en un derecho… Y en este larguísimo proceso hubo un último mortal. Los niños del futuro terminaron llamándolo “DEAD”. Era un pobre anciano achacoso que no se terminaba de decidir a ser inmortal. Sus grandes reparos eran producto de su extrema religiosidad. Pero al tiempo de que le llegaba inevitablemente la muerte, se convenció de que Dios habría tenido sus razones para permitir semejantes avances a la ciencia y se prestó a firmar los papeles de autorización para ser parte del procedimiento específico.

El día en que “DEAD” se dirigió al edificio Araucaria para ser tratado, todos los medios periodísticos hacían la cobertura ya que era un acontecimiento realmente insólito. Sin embargo, “DEAD” nunca llegó a ser tratado. Murió de un shock cardíaco a pasos de recibir la inmortalidad. Fue algo realmente paradójico para todos. Moría con él también la mortalidad común y corriente. Muchos son los supuestos acerca de qué pudo sentir ese hombre antes de morir y frente a la posibilidad de no morir nunca.
La historia de “DEAD” es la historia clave, el hito narrativo por excelencia que registran los nuevos historiadores de la flamante etapa humana e inmortal.
A todos los niños inmortales suele escapárseles una lágrima.

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