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CHAU

Especiales 30 de enero de 2021 Por Juan Pablo Añino
Un cuento de Juan Pablo Añino.
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I - 

Cómo y por qué nos tiraron al depósito de escombros los del club nocturno, no lo sé - aunque creo que por la ventana y porque molestábamos con las mujeres -. Sería demasiado fuerte "la mama". La cosa es que "el indio", el bobo de González y yo despertamos entre pedazos de ladrillos y piedrones a eso de las ocho.

"El indio" no se dio cuenta de que estaba trabajando la maquinaria y no atinó a esquivar una palada que se lo llevó al fondo de la caja de un camión donde terminó enterrado vivo.

Con González alcanzamos el tapial que daba al callejón trepando, y saltamos y nos fuimos cada cual por su lado, sacudiéndonos el polvo.

- Chau.

- Chau.

Era lunes y llegábamos tarde al trabajo. Ninguno de los dos pensaba en comentar nada de lo sucedido.                                      

II – 

El maquinista vio que algo raro pasaba y se detuvo. Fue testigo de cómo un hombre asomaba primero una mano y luego otra, y se sacaba los escombros del pecho y la cabeza, asomaba el cuerpo y se ponía de pie como resucitado. 

- Mataron al indio – dijo el bobo de González - lo enterraron vivo. 

No pudo aguantarse y sintió alivio al hablar.

El indio y González eran compañeros en la fábrica. A las 10 estábamos con toda la delegación en el club. Pateamos las puertas, rompimos vidrios a pedradas, nos metimos en tropel y por la misma ventana amarilla por la que nos habían tirado al montículo de escombros, saltamos y sujetamos por la fuerza al maquinista.

- Te vamos a hacer llevar preso si no decís la verdad… ¿ dónde ha ido a parar el cuerpo del indio? 

- ¡Mataste al indio, hijo de puta! – dijo a los gritos Romero, el delegado principal. 

- ¡Confesá! 

 

Sobre una piedra, estaba con un tetra de vino tinto adherido a un costado. Nadie lo había visto.

- Déjenlo tranquilo, nomás – dijo el indio. Estoy vivito y coleando…

 

- ¡Reverendo guacho! – exclamó azorado el bobo de González.

Los muchachos corrieron a abrazarlo. Efusivamente le palmearon la espalda y le decían sin poderlo creer:

- ¡Estás vivo, indio! ¡Indio viejo y peludo, carajo!

Soltaron al maquinista, quien había permanecido callado, parado al lado de la pala.

- Él es Estévez – dijo el indio. Paró la pala mecánica a tiempo, le debo la vida que él mismo me iba a sacar – dijo burlón el indio.

- ¿Trajeron querosén? – pregunté.

- Sí – dijeron los muchachos.

- ¡Dénmelo!

Empapé un trapo con material inflamable y lo puse en una botella. Prendí un fósforo y la tiré por la ventana abierta. 

-¡Vamos, compañeros! Estos del club no se olvidan más de nosotros…

El club, cerrado y oscuro, se iluminó de rojos, amarillos y azules. Ardía como una pira para asar al presidente.

El maquinista nos saludó a todos y dijo:

- No me digan nada, ya sé lo que tengo que decir. Cualquier cosa, fue el indio, el hombre al que sin querer enterré vivo. La culpa terminará siendo de ellos… 

 

El indio nos saludó a todos.

- Hasta siempre, muchachos.

Y se borró sin dejar rastros.

 

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