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Todo lo que se puede y se bebe en el Río Yurimaguas

Especiales 13 de junio de 2020 Por Jorge Cornejo
Me imaginé que no se creyó lo que le dije y que se las vería a solas con Alicia cuando volvieran juntos en su mototaxi. También imaginé que esa noche una vez arrancada la verdad a Alicia volvería al hotel, que él mismo me había llevado y recomendado: amigo del dueño por lo que pude ver y saber. Volvería al hotel golpeando la puerta de entrada y pediría hablar con el argentino.
CRONICAS DEL AMAZONAS_16x9
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Por Jorge Cornejo

El barco carguero que salía de Yurimaguas llevaba bueyes, vacas, gallinas, plátanos, neumáticos gigantes y hasta algún pato taciturno que rondaba inmutable ante el trajín de la gente. Desde el  segundo piso se veía casi a la altura del techo un entramado de redes de hamacas, dedos, brazos, cabezas colgando, todo en un marco variopinto en el que a veces emergía alguna cabeza colorada de algún gringo perdido en ese universo selvático. En último piso viajábamos todos turistas y por ello había menos hamacas sin embargo en el segundo día de viaje vi crecer la población debido a las interminables paradas del barco a la vera del río que nos llevaba desde Yurimaguas hasta Iquitos.

El viaje duró dos noches y tres días. En el viaje todos se mostraban abiertos a las charlas, especialmente los pobladores o los que ya habían hecho ese trayecto varias veces. Sabían que el viaje se puede tornar agobiante y monótono si no se tiene una compañía abierta al diálogo, al cercamiento, a veces esto incluía miradas, caricias, besos y los que ostentan camarote cogidas matutinas, vespertinas y nocturnas. Los que no, pasábamos los días hablando y tomando cerveza si alcanzaba la plata, o a la espera de que algún potentado mostrara su beneplácito en pos de la conversación, como me sucedió con un militar nacional del Perú, como se presentó Sergio. Este poli viajaba haciendo trámites administrativos para los milicos, haciendo su chamba, decía mostrando los dientes. Como al resto lo encontré asomado al río. Se acercó a conversar me convidó un cigarro y cervezas. Eran las 7 de la tarde y ya no había sol, en el barco cenábamos a las 6, es decir que a las 7 ya estábamos todos tirados por ahí, algunos mirando televisión, otros en las hamacas y el resto acodados sobre la baranda que separa el río de una resolución dramática. Me dijo que iba por unas cervezas mientras me comentaba de sus labores como militar y de sus viejos amigos del lugar que ya no visita porque lo habían decepcionado. Entre cervezas y cigarrillos se nos sumó Beni, un tipo que venía de vivir en Israel, abogado de profesión que había dejado todo para volver y manejar un auto de pasajeros para luego hacer una flotilla, según nos comentó. Con Beni entablé una buena amistad que duró el transcurso del viaje. En un momento de la charla, a las 10 de la noche nuestro amigo militar nos dejó con sabor a poca borrachera de cerveza y con ganas de entabacarnos hasta la médula. Completamente borracho, se despidió el poli, argumentando razones de trabajo, y encogiéndose de hombros lo vimos caminar hasta la hamaca. Lamentamos la baja con Beni, más aún porque ninguno de los dos tenía una moneda para continuar tomando cervezas. Así quedamos con Beni, colgados de la baranda, que es probable que tenga otro nombre y no baranda, porque en un barco los lados derecho e izquierdo, la superficie, el comienzo y el final, todo tiene otro nombre más armonioso.

Entre la tripulación del Eduardo VII, contamos a varios hombres elegidos entre la población selvática más experimentada del lugar. Los chumbes: son aquellos que realizan la tarea más penosa y menos redituable. Cargar y descargar. Se carga una bolsa de azúcar o unos neumáticos gigantes, plátanos o grandes cestos de gallinas y otros animales. Se carga y descarga a cualquier hora, sean las 3 o 5 de la mañana, según se detenga el barco. La edad de estos trabajadores oscila entre 18 y 40 años, todos con el peso de su labor marcada en sus espaldas y pantorrillas, con zapatillas de lona o en patas sin más. Después tenemos a los que ofician de kapangas, que andan de ronda cada tanto no se sabe con seguridad qué función administrativa o ejecutiva realizan y se los ve muy poco, a algunos sólo al comienzo y final del viaje. El capitán lleva puesta una campera celeste, fina, tipo rompe viento y usa gorra con la marca de fórmula uno. Además lleva colgado al cuello algo que puede ser un silbato o un amuleto o un diento de ajo, algo que ostenta miedo y respeto. Este barco, gracias a los delirios del sabio loco no cuenta, a excepción de mi amigo Sergio, con policía alguno entre la tripulación. 

No me olvido del ayudante del capitán, ojos de lince, que por las noches se ayudaba con una linterna para navegar este río sin más tecnología que la distancia que cubría el haz de luz de su linterna que era complemento de su mirada. El ayudante cerraba su gabinete cuando entraba la ayudanta del ayudante y todos entendíamos y nos íbamos de a uno. El barco se conducía desde un lugar muy pequeño, en el que entraba una sola persona de frente a los comando. Contaba además con ventanas de ambos lados y una vez ingresada la ayudanta del ayudante sólo se veía a éste que miraba las estrellas. Y todos añoramos ser alguna vez ayudante de capitán, y tener mirada de lince en la noche y barrer de izquierda a derecha con su linterna el río amazonas.

Había tres cocineras. La mayor, gorda y petisa, manejaba sentada fuera de la cocina, el tránsito y el dinero de su empresa. Era hombre pero eso no tenía importancia. Tenía toda la cara depilada, sólo unas finas cejas de cabaret se había dejado como muestra de años de gloria. Usaba delantal y nunca miraba a nadie, no por timidez sino por displicencia. De las otras cocineras recuerdo una delgada, cabello cortado por debajo de las orejas, y también mostraba unas líneas por cejas que acentuaban su rostro asiático. También era hombre pero todos sabíamos que era mujer y cuando bajaba a buscar agua para el termo, me indicaba con la mano que esperara afuera, la cocina era zona de finas cejas. Se la pasaba lavando ropa que colgaba sobre la baranda del segundo piso. Lavaba a mano y puteaba cuando llovía, aunque su insulto no enoja a nadie y menos a la lluvia que no paraba. De la tercera cocinera podemos decir que era la más gruesa, de pelo oscuro y cuando pasaba un amigo porteño que viaja en el barco, le decía Carolo, y la cocinera no dejaba de pasar en toda la tarde. Cuando ella se ofrecía para traernos agua para el mate, mi amigo le daba las gracias: Gracias por el agua, Carolo, y se quedaba a ver cómo el porteño preparaba el mate y se iba cuando le ofrecía una chupadita.

Aparte de Beni y Sergio, viajaba con nosotros José, un hombre moreno de unos 50 años. José había viajado ya por lo menos unas 6 veces por este río y por otros de la zona norte de Perú. Su trabajo consistía en tomar los pedidos, personalmente, y luego la empresa hacía la distribución por avión. Se lo podía encontrar en el comedor leyendo la biblia u otro libro del mismo tenor, quiero decir evangelista. En los primeros momentos al subir al barco, le escapé porque, prejuicio mediante, andaba cargado siempre con sus libros en los que se leía, La Biblia, en uno y algo así como Los caminos del Evangelio en otro. Sin embargo ya entrados en el río, sentado, mirando sobre la baranda se me acercó y, como casi todo el mundo en este barco, nos pusimos hablar.

José te miraba de cerca, te escuchaba como lo haría un padre cuando sabe que después le tocará a él la disertación, todas son preguntas aunque no interrogues, es decir José se aprestaba a destrabar todo lo que en uno era ignorancia. No puedo evitar que esa postura hacia el otro me moleste cuando se hace con insistencia. Entonces, ni por asomo preguntaba, casi todo era descriptivo y nominal, un verdadero paisaje estático y desértico que no conducía a ningún lado. Esto parecía redoblar en fuerzas a este griego que interpretaba la hora de hablar en un silencio mínimo. Metidos para adentro en la selva nos perderíamos a los 10 metros, incluso, si fuera de día, fue lo primero que me dijo. La noche había ganado el río, sólo las orillas cada tanto aparecían según el barrido de la linterna que hacía el ayudante del capitán, para guiarse y no caer en algún badén. José me comentó que la mayoría del terreno selvático continuaba virgen y repetía sin mirarme que adentrarse era un suicidio. Decía esto con un estiramiento de las comisuras, al borde de la sonrisa, pero una nacida del temor. Apoyados sobre la baranda, José, repetía como un autómata sobre las partes vírgenes de Loreto, departamento que recorríamos, en los que existe una Boa de unos 30 metros de largo que posee un imán que atrae a todos los animales que andan por el aire en ese momento, desde monos, delfines rosados y hasta aves, todos son víctimas de este animal del infierno que, además, una vez que aparece el cielo oscurece y llueve con viento y trueno. Esta Boa, decía mi amigo vendedor, capturada y muerta se le retira la grasa, ¡pero ojo!, que si por desgracia la grasa te toca la piel, la traspasa. 

Para mí sorpresa, y por falta de acento, José era argentino. Me lo dijo como un secreto sin importancia. Nacido y criado en Mataderos, José había dejado a su familia hacía muchos años para radicarse en esta parte del mundo, escondido y a salvo. Adicto a las drogas sociales, como decía y a las otras, José resolvió todo eso yéndose, escapando. El refugio natural para personas sin escapatoria es la palabra de Dios, me dijo un evangélico José que empezaba a ganar confianza. Ansioso de conocerme me preguntó qué hacía ahí en ese barco, y hasta dónde quería llegar. Evité las proporciones existencialistas de la pregunta y le dije que a Iquitos. Ah, Iquitos, hermosa ciudad, hermosas mujeres, me miraba quizás haciendo un flashback de su paso por esa ciudad. Cuando me fui de Buenos Aires la primera ciudad a la que llegué fue Iquitos. Andaba aturdido, con reminiscencias de Mataderos, seguía en la misma. A esa ciudad ya no puedo volver pero fue mi punto de partida.

Entre el oscilar de las hamacas, el murmullo de los insomnes y los haces de luz del ayudante del capitán, José no se guardó nada y esto fue lo que me contó:

Me fui de Iquitos dos días antes de lo previsto porque la noche anterior a mi partida estuve con una iquiteña, creo que se llamaba Alicia. No entendí bien el nombre porque cuando se lo pregunté estaba borracho y drogado. Sólo retuve en ese momento sus piernas cuando bailaba para mí o para Julio, eso nunca lo voy a saber. Julio era el motocarrista que la había traído para que la conociera. Estábamos en el fondo de una casa fuera de la ciudad de Iquitos, el lugar lo había elegido Julio ya que ahí se podía tomar cerveza en el bar que estaba en la vereda y fumar marihuana en el fondo de la casa. Por lo que vi no era un bar muy popular, nosotros tres éramos sus únicos clientes. Las mesas estaban sobre un piso de madera en la vereda, y la cocina de la casa era a su vez la cocina del bar. Quizás no era un bar. Me dijo José, con algo de resignación. Siguió. En el fondo mientras fumábamos Julio arengaba a Alicia a que se moviera como lo hacía en la disco, donde trabajaba como bailarina. Cuando yo le pasaba el porro a Alicia, escuchaba a Julio decir que las bailarinas son así, en ese momento empinaba la mano como un vaso; y también fuman, repetía como un idiota. Alicia a su vez había fumado muy pocas veces o no fumaba, algo que es fácil de saber, no sólo por como aspiraba sino porque lo expulsaba escupiendo el aire. 

Después de pagar las cervezas y las alitas de pollo que comió Alicia nos fuimos a mi hotel porque ya no tenía dinero para afrontar lo que suponía venía a continuación. Llegados a mi hotel, Julio y Alicia miraron el reloj y se me acercó aquél para decirme que ella tenía que volver a su casa a las 9:30 y eran 8:30 pasadas. A su lado estaba Alicia que miraba y aprobaba, bueno, dije, vamos. Entramos en mi habitación y después de recorrerlo se me acercó y me susurro el precio. 200 soles, dijo Alicia, que vestía un short de jean y un top ajustados que permitía imaginar lo buena bailarina que debía ser, me sonrió José socarrón. Me enamoré de Alicia, me confesó José, cuando comía sus alitas de pollo fritas y me explicaba los distintos tipos de cebiche que se pueden hacer y que ella había hecho una cebichada hacía poco, “lo menos que me han dicho es que es mejor que en una cebichería”, dijo Alicia, cruzada de piernas en la vereda de aquél bar que daba una calle de tierra con pequeñas montañas de piedras, más todo el porro y cerveza, no podía menos que enamórame. 200 soles era demasiada plata, pero me dijo que no me iba a arrepentir. No, le dije, es demasiado. Mejor no. Pero una sombra atrás de mi espalda como una giba donde llevo mi moral y conciencia, comenzaba por fin aparecer. No para decirme que hacía lo correcto, sino para empujarme a negociar o pagar finalmente, después de todo dónde estaba, quién era yo: en el medio de la selva peruana, fuera de mi país, sin trabajo, con plata, acomodando mi ocio en el placer y la vagancia. Pagué. No 200 sino 150 soles que era lo que tenía encima, incluso le di las monedas, todo. Cuando se vestía me pidió no le dijera nada a Julio, que esperaba en la sala de estar del hotel, porque, como es de suponer, la comisión le correspondería de los 150 soles. Juré que sí pero arrepintiéndome, se confesaba José dolido. Me explicó que Julio, había sido su guía en Iquitos. Recorrimos, continuó José, las comunidades indígenas los Boras y los Uyanis, conocí también  los barrios más alejados de la ciudad y además hacía de delear, consiguiendo buena marihuana a precio razonable. Sin embargo mi repentino amor por Alicia fue decisivo. En la sala dormía Julio, salimos. Alicia se despidió y Julio me preguntó cómo me había ido, con claro gesto de cogida. Pero mi respuesta, aunque negativa, muy poco creíble, lo decepcionó. Le dije el precio que me había pedido Alicia y reconoció que era mucho, aún así volvió a preguntar si no había tenido sexo y mi respuesta fue la misma. Bueno, me miró y palmeó el brazo, anda a dormir, me dijo y hablamos mañana. Julio, de un metro setenta ostentaba sus cicatrices como marcas de su antigua profesión de boxeador y matón de a ratos, esto me lo comentó al momento de enseñarme sus dos últimas cicatrices, una en el brazo y otro en la pierna del mismo lado, una de nuestras tardes arriba de su mototaxi. Se veía un tipo correcto, de esos que son apenas generosos pero al primer atisbo de traición, los invade la ira y acometen con sentido justo y despiadado. Me imaginé que no se creyó lo que le dije y que se las vería a solas con Alicia cuando volvieran juntos en su mototaxi. También imaginé que esa noche una vez arrancada la verdad a Alicia volvería al hotel, que él mismo me había llevado y recomendado: amigo del dueño por lo que pude ver y saber. Volvería al hotel golpeando la puerta de entrada y pediría hablar con el argentino. Pensé que estaba claro que había cogido con Alicia; si Julio que dormía en la sala que estaba al lado de mí habitación no escuchó nada, el dueño del hospedaje que dormía justo pegado a mi habitación, es probable que sí haya escuchado. Estaba contra la cuerdas, al otro día en la mañana vendría Julio y tendría que sincerarme y justificar la falta de códigos, argumentando que me lo había pedido Alicia, una verdadera canallada de mi parte, no sólo le mentí a Julio la noche anterior, sino que faltaría a mi promesa a Alicia a la mañana siguiente. La mejor decisión fue partir rumbo al puerto de Iquitos y esperar por el barco que salía hacia Santa Rosa. A la mañana siguiente Julio no apareció, esperé hasta las 12 ver la moto en la puerta del hospedaje pero no pasó, antes de salir hacia el puerto dejé 20 soles, de parte del argentino para Julio. 

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