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Pegar el estirón y que te caiga concreto

Especiales 07 de junio de 2020 Por NEP Cooperativo
En el Día del Periodismo tramamos un fuego donde quemar los egos y las 5 doblevés. Pusimos una olla y metimos unas crónicas urgentes. Infancias, concretos, cartones, la peste y una esperanza de poesía. Brindis de aguafuertes para este 7 de junio y para todos los días de la vida.
perio flor

Por Lila Magrotti Messa

I Dylan

A Dylan lo conozco hace rato pero recién ahora le veo la cara, desde que empezó la cuarentena se puso en la puerta del Día, donde parece tener un tipo de éxito que antes no lograba. A Dylan me lo he cruzado sentado en los carros donde se junta cartón, a la noche, tarde, muy tarde, los codos en las rodillas, entre las manos una remera, que podría haber sido blanca en algún momento, y adentro la cara, la espalda arqueada, el mundo estaba ahí, cabiendo en un sólo lugar. La primera vez que lo vi volvía de ver una muestra de cuadros, escritos, bocetos y magias de Remedios Varo, era como si las cosas se derritieran sin solución de continuidad, como si las expresiones que somos pudieran ser nada o poco importantes o todo fuera más burdo y más obsceno si se lo mira de cerca, estampa sobre estampa, perder el color, que la ciudad destile toda su peste junta, toda su resaca, toda su fragilidad. 

La realidad es las dos cosas pensé, es lo Remedios Varo y es un niño derrotado sentado en un carro, solo, en cuero, en plena avenida. La realidad está todo el tiempo siendo tantas cosas, tanta información, tantas voces, tanta pavada, tanto dolor. ¿Se puede frenar la realidad, sea lo que sea? ¿Se puede transformar la realidad? ¿Se puede intervenir la realidad? ¿Qué realidad buscamos en ese tipo de horizonte difuminado que acerca esta pandemia?

Con Dylan empezamos a saludarnos y a reconocernos, al principio con timidez, después él ya sabía que yo le iba a decir alguna cosa y estaba más preparado, sabía que le iba a preguntar cómo estaba y que me iba a quedar un rato ahí esperando la respuesta aunque fuera mi turno de entrar a ese lugar donde el dinero comanda la acciones y las posibilidades, digo como si eso tuviera un afuera. En algún momento todo se volvió un gran supermercado de cadena extranjera y no nos dimos ni cuenta de cómo pasó pero ya teníamos una tarjeta de descuento y tres deudas a crédito engordando intereses para llegar a eso que tiene olor a fin de mes.  

Un día me lo encuentro muy alegre, canta del otro lado del vidrio, anda con una camiseta de boca pero no entona canciones de cancha, sino listas de cosas que le pueden comprar, más que nada carne o queso y hace y deshace rimas y ritmos. No puedo evitar reírme, sus letras son geniales, pero mirar de cerca la escena es para hacer estallar al mundo de un sólo zarpazo. 

De mis obsesiones, la escuela, Dylan está en quinto grado y ahora no está yendo, me habla de un libro que sigue leyendo pero no hay mucho más, prefiere hacerme preguntas a mí y yo me dejo. Mis años, de qué soy profe, mi nombre, dónde vivo, qué voy a cocinar, charlamos y le ofrezco llevar un cuento la próxima, quedamos en un pacto de lectura y escritura porque me desliza que a él le gusta inventar cuentos y a mí se me florecen cosas por dentro pensando en esas narraciones, necesito creen en algo que no sea parecido a esto que ya existe. 

II Genoveva 

A Genoveva la conozco hace menos de un año, ella vende su poesía en la calle, en pleno Corrientes de teatros y bares, donde el concreto se lleva puesto cualquier destello de pensamiento profundo. Ella está ahí hilando, tramando, bramando, ofreciendo poesía, preguntando hacia dónde piensa llevarnos el entretenimiento sofocante, la velocidad de la ciudad, sus grotescos arrabales como dice ella. Con la cuarentena la venta de poesía es imposible, nos vemos una vez por semana en un umbral vacío y podemos hablar, llevamos libros y nos leemos alguna cosa, debatimos, algunos días hacemos chistes para sostener la niebla que se nos pega en lugares. Hace tres semanas que me pide que le lea a Freire, que le cuente quién es, qué hacía, qué pensaba, porque un brasilero una vez antes de darle todas sus monedas le habló de él y ella le quedó dando vueltas, eso de la educación bancaria y del oprimido queriendo oprimir cuando crece. Me dice que hay algo ahí, que tenemos que ser capaces de pensar en esto, en la cuestión de lo educativo como modo reflexivo. Que la sociedad se ha vuelto una cosa torpe y ciega que pasea perros. La calle en ella no es un pasatiempo, es su modo de conocer. Tenemos que lograr hacer visible lo invisible me dice todo el tiempo. Cómo puede ser que veamos personas durmiendo en la calle y podamos no mirar. Después de leerle un fragmento de la introducción de “La educación como práctica de la libertad” me dice si hace tanto tiempo que este tipo dijo esto, ¿Por qué sigue pasando todo lo que pasa? Le digo que quizá porque nos hemos encargado más en pensar la pobreza y sus dilemas infinitos, porque son los que nos corren con urgencia, porque en efecto hay hambre y hay exclusión y se potencian todo el tiempo, y eso casi que no deja tiempo para detectar o pensar la acumulación de riqueza, de sentidos, de efectuaciones del poder, de aglomeración de lo que nos ahoga y nos deja sin aire debajo de sus rodillas multiplicadas. Nos venden la patria del individualismo y la meritocracia esos mismos que son corporaciones y espaldas/billeteras/herencias cuidadas unas con otras milimétricamente mientras acá nos queda la denuncia, la resistencia, el exilio, el grito, el no saber, el hambre, la deuda.  

III Agustín 

En la soledad todo se mezcla, la cuarentena me resulta cada vez más espesa y menos amigable, todo parece pesar demasiado y estar yendo drásticamente hacia los lugares que profundizan el hedor que ya flotaba. No cocino, preparo mates que es todo lo que cuerpo me deja, tengo que seguir con cuestiones laborales pero eso se me vuelve imposible. Me quedo en imágenes de lo que pasa afuera de las paredes, no en las redes sociales, no en otro país, no en otro continente, acá, a media cuadra. Pienso en Dylan y en sus diez años, la posibilidad de la lectura se nubla pensando que quizá interrumpe su modo de conseguir la cena, los pocos minutos que le quedan para causar una buena impresión en la gente que entra al Día. Porque también pasa eso, acá pegar el estirón es convertirse en un guachín al que nadie quiere mirar, como si pasar de los diez a los doce o a los quince tramara un salto cualitativo hacia el delito, por si solo. Pegar el estirón en la calle es distinto a cualquier crecimiento, es cambiar de etapa y de estigma. Pienso en Ceferino, un pibito que vi crecer desde que cantaba hasta que perdió la sonrisa porque todo se hacía más jodido siendo adolescente, me ataca un llanto tenaz y la voz de Genoveva me dice no me uses a mí para llorar, una de sus frases célebres cuando algo decae demasiado. Trato de acomodar las palabras y hacer algo con eso, también este rito es de la escuela de Genoveva si algo hace mal hay que escribirlo, me repite y después se pone a hablar de la valentía y de la poesía. 

Uno de mis mejores amigos vive en calle, desde los nueve años se fue de su casa, harto de todo, pero más que nada de la violencia. Nadie sabe tanto cómo él de las cosas de la vida, muchas veces parece un niño en el cuerpo de un tipo de cuarenta años, pero nadie es más despierto y más inteligente que él. Pienso en cómo pegó él el estirón y qué cosas rescató para siempre de esa niñez negada. 

Hace una semana Agustín, de 16 años, fue aplastado por un pedazo de mampostería mientras dormía en la calle, pegar el estirón y que sea letal pienso. Crecer en situación de calle no es igual a nada, en la Ciudad de Buenos Aires esto es una emergencia antigua. Y hay dos realidades que pujan para que esto cambie al menos un poco, primero destapar el entramado de concentración y expulsión de los negocios inmobiliarios que hacen del suelo un espacio casi impagable, como si el derecho a la ciudad fuera algo de unos pocos, poquísimos señores blancos, y la tara cultural que nos hace ver normalidad allí donde hay una herida gigante y nos vende canteros como solución a todos los problemas. 

Una ciudad a la que hay que repetirle que no existe salud colectiva posible mientras más de 7000 personas vivan en la calle, donde los paradores que propone como solución son espacios hacinados de contagio y desprotección, mientras en las villas se tengan que hacer peripecias para sobrevivir sin agua, con gatillo fácil, sin cloacas, no hay salud colectiva posible en esta especie racista que expulsa y somete, no hay salud colectiva cuando tenemos que nombrar femicidios y travesticidios como se nombran los días de la semana, ni cuarentena efectiva con la desigualdad social haciendo canciones para poder comer, no hay salud colectiva posible en una ciudad donde te cae un pedazo de mampostería cuando pegás el estirón.

IV Que el periodismo ¿Qué?…

Puede una nota periodística tramarse con nombres propios de personas que no son celebridades, que no están en nuestras redes sociales, a las que no les podemos dar like, ni enviar solicitud de amistad, ni compartir su foto. ¿Puede el periodismo no saber lo que es? Tener incertidumbres y mostrarlas o se tiene que contentar con parecer una voz que todo lo sabe, que todo lo muestra, que todo lo entiende, que hace móviles en los lugares donde las cosas pasan y es capaz de analizar un suceso cualquiera al instante. Puede el periodismo ser algo más que una catarata de fake news, una atrás de otra sin contraste, sin relación, sin profundidad, sin solución de continuidad. Puede el periodismo dejar de usar el morbo para detener el botón con el que cambiamos de canal. Qué son sus titulares, sus colores, sus modos de atrapar, de narrar, de presentar la realidad. 

¿Qué son hoy las palabras para ese periodismo que construye uno tras otro los acontecimientos? Qué es la información, quién la produce. Para qué nos sirve la información ¿es información? ¿los medios de comunicación ayudan a pensar o establecen parámetros de sentido que les son funcionales? ¿qué es la objetividad, la primicia, el escándalo, lo relevante? ¿quién o qué hace o deshace la agenda mediática? 

¿Es posible pensar en la singularidad, en los detalles? En esos nombres, en apariencia propios, que marcan la realidad que habitamos: Marielle Franco, Daniel Solano, Dilan Cruz, Daniela Carrasco “la mimo”, La Chicho, Los falsos positivos colombianos, Sandra y Rubén, Berta Cáceres, Rafael Nahuel, Los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, Aylan, Emma Riosendaulv, Cecilia Basualda, Ramiro Caroya Camacho, “Kiki” Lezcano. Palabras que no nombran egos particulares, sino duelos únicos con nombre y apellido que tratan de hacerle frente a las cifras que se agolpan, que se vuelven morbo, que perturban, que sirven para hacer notas periodísticas. 

¿Es posible pensar las palabras duelos evitables? Ahora que sostenemos acciones y aislamientos que intentan frenar la muerte colectiva, ¿qué es lo que podemos sentir cuando leemos Luis Espinoza? Si la cuarentena evita muertes y el colapso del sistema de salud, ¿qué prácticas y medidas son capaces de evitar las futuras muertes de otras Marielles Franco o Danieles Solano o Ramonas o Agustines?

perio humanidad
¿Puede el periodismo tramar acciones que develen la relación entre las efectuaciones del poder y nuestra vida cotidiana? ¿Puede el periodismo ser una práctica política capaz de transformar la realidad? (Ayotzinapa paso a paso: qué sucedió la trágica noche del 26 de septiembre en Iguala cuando desaparecieron los 43 estudiantes) ¿Puede el periodismo ser un mapa de la memoria en el presente que ayude a pensar la vida hacia el futuro? ¿Puede tornarse algo parecido a una invitación reflexiva, una provocación que nombra zonas de la realidad, un acto que erotice el pensamiento, o tiene que contentarse con ser datos que caducan en el próximo noticiero?

La vorágine de la información nos atonta, nos agolpa y nos roba las palabras, nos ofrece una superficie verosímil fácil de ser referenciada y multiplicable donde poco importa si tenemos algo para decir. Conocer se ha hecho más parecido a retuitear que a observar. ¿Se puede pensar en un periodismo capaz de frenar este presente que se actualiza todo el tiempo, que suma datos y acontecimientos urgentes? Este periodismo que no hilvana, que no pone en relación al mundo del que habla porque no está yendo hacia ningún lugar, o si, pero eso poco le importa, este periodismo con un GPS marcado por una voz extraña que recalcula, que le dice que doble a la derecha, que siga de largo, que se acelere. Qué es comunicar en este contexto donde el entretenimiento quiere ganar todos y cada uno de los terrenos posibles, donde muchas veces nos informamos por redes sociales y vemos imágenes de la represión al pueblo Qom pegado a un video de TiKToK que se hizo viral, a una publicidad, y el avatar de un viejo compañero de secundaria. ¿Dónde queda lo problemático, lo vital, lo importante?

¿Puede el periodismo pensarse como un acto ético político más cercano a la poesía, a los graffitis, a la investigación del cotidiano o la conversación que a esos miles de micrófonos que se acumulan delante de una persona que dice poco y nada pero que será replicada en tapas de diarios y en las radios locales de todas las localidades? 

¿Estamos construyendo colectivamente un futuro sin memoria, o con una memoria que parece más un ornamento solemne para recordar algunas fechas o nombres? ¿Puede el periodismo tramarse como espasmo necesario desde el cual pensar y componer una estrategia vital para lo que vendrá?

¿Puede el periodismo olvidar de qué está hecho?  

Un periodismo que necesita sujeción inerte, que se lea y se replique y se cacerolee para él ¿es periodismo? Qué es hacer periodismo en un país con los medios de comunicación concentrados y centralizados, con el acceso a la riqueza cada vez más empachada, más acumulada, más vomitiva, con impuestos cada vez más regresivos, con un estado cada vez más represivo que le habla a una población cada vez más endeudada. 

Un periodismo blanco, nacional, machista, clasista, adultocéntrico, capacitista, violento, de derecha, banal, acompasado a un F5 frenético, comandado por patrones y pautas publicitarias, ¿es periodismo? No, no lo es, me gusta más pensar en preguntas abiertas, difíciles de responder, pero algunas veces tengo certezas que no puedo dejar pasar, este marea de noticias, imágenes e información que compone nuestro día a día es, definitivamente, otra cosa.

GIF REMERA CATALEJO

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