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BETY  

Especiales 06 de junio de 2020 Por Jorge Cornejo
Al momento de pararse frente a la bacha de la mesada se tomó el costado derecho del abdomen. Me dijo que hacía varios días que le dolía mucho, ella creía que eran los riñones. Estaba sola, ya que su hijo menor había salido y era él quien tenía dinero para ir al hospital. Como buen cristiano le propuse prestarle dinero si es que tenía que ir al hospital. ¿50 soles, está bien?, claro me dijo y me los saco de las manos.

Por Jorge Cornejo

Huanchaco, Trujillo.

Mi mejor borrachera la tuve en “Cartagena”, un bar de cumbia al que asisten los pobladores militantes del partido lumpen de Huanchaco. Este bar está manejado por un colombiano oriundo de Cartagena. En este sitio la cerveza es más barata que en otros lugares y se baila en un estrecho salón de tres metros cuadrados. Acá las mujeres son simplemente deliciosas; es que la cumbia, el merengue y la salsa las hacen frutos del mar, y a un extranjero neófito en el arte de la danza no le queda  más que la adoración. “Cartegena” vende cervezas por tres, es decir cada vez que alguién pide una cerveza le dan, y cobran, tres.  A los efectos de no contrariar las normas establecidas del lugar me acomodé a sus reglas. Está claro que cada vez que me servían tres cervezas los parroquianos de mis flancos se veían favorecidos. Pero para mí asombro, y con lógica borgeana, cada vez qué ellos pedían a su vez una/tres cervezas yo tomaba con ellos, y así hasta conformar una confusa y etílica orgía de cervezas. Ya había decidido que esa era mí última noche en Huanchaco, partía. Brindaba en silencio por Bety y por mí, me iba de la playa, del bar Sunquella. Iba a cruzar todo lo ancho del Perú hasta llegar a Manaos. Había pasado más de una semana desde que llegué y no podía olvidarme de Bety, esto fue lo que pasó.


A las 11 de la mañana llegué a Huanchaco. Di unas vueltas y antes de entrar a un hotel que suponía más caro de lo que yo podía solventar, desde una ventana a menos de 10 metros alguién me gritó: “ey, joven… ¿busca alojamiento?” La suerte que no es mucha estaba de mi lado, acababa de ahorrar varios soles al no entrar en aquel hermoso y fastuoso hotel caro que dejaba para encaminarme a la voz amiga que me ofrecía hospedaje. Ingresé y como había sospechado no era un hospedaje clásico, sino más bien una casa grande que ocasionalmente servía como hospedaje.

La dueña de la casa era una mujer de 45 o 50 años. Vivía con su hijo adolescente. El precio estaba bien, con baño privado, algo que suele ser decisivo. Bety, me comentó que no hacía mucho tiempo estuvieron hospedándose unos argentinos a los que les tomó tanto cariño como ellos a ella. Me comentó que todos lamentaron la partida de los argentinos ya que se habían amalgamado en una gran familia que compartía comidas y charlas entrañables. Con un poco de zozobra escuchaba esta declaración amable ya que estaba muy lejos de mi nulo interés en hacerme de una nueva familia. Luego de la presentación de rigor, de hablar de la Argentina, etc… me dijo que necesitaba le pagara por adelantado. Me tomó por  sorpresa el pedido; por lo general se paga al retirarse uno de estos tipos hospedajes. Bueno, dije. Me voy a quedar cuatro días. Quédate 5 días, me pidió. Me negué con una sonrisa de histérico y le pasé 60 soles, 15 por día. Una vez en la habitación empecé a notar algunas raras características como el baño que no tenía puerta y que la cama estaba llena de arena, en el sentido bíblico de la expresión. Desde fuera de la habitación escuchaba a Bety dicerle al hijo o a mí que si iba para Trujillo. Antes de partir ingresó a la habitación con un espejo hablando casi para ella “es que el alemán lo había sacado”. El hijo adolescente silencioso miraba todo desde la sombra del marco de la puerta. Bety me preguntó si estaba cómodo, le dije que si, entró al baño y me confirmó que tenía agua, algo muy valioso, me dijo eso y se fue.

Al segundo día de estadía, un domingo, me levante tarde para desayunar, así es que intenté preparar algo para almorzar. En la cocina estaba Bety, “hola Luisito”, me saludó. Hola, Bety, respondí con una resaca que me llegaba hasta la lengua. Me preguntó si quería almorzar y le dije que sí, casi apagándome. Me sirvió en un desayunador que tenía justo al lado de la cocina. Comí y cuando me preparaba para lavar la vajilla, me dijo que cómo se me ocurría lavar estando de vacaciones y cosas así. Al momento de pararse frente a la bacha de la mesada se tomó el costado derecho del abdomen. Me dijo que hacía varios días que le dolía mucho, ella creía que eran los riñones. Estaba sola, ya que su hijo menor había salido y era él quien tenía dinero para ir al hospital. Como buen cristiano le propuse prestarle dinero si es que tenía que ir al hospital. ¿50 soles, está bien?, claro me dijo y me los saco de las manos. Dejó la vajilla sucia como estaba y desapareció hacia su habitación. Yo por mi parte me fui a la mía, habiendo superado ya la resaca por otra sensación de igual tenor, pero con diferentes síntomas, la estafa. El recogimiento cándido del pichón, de la paloma que no aprende a volar. 

Al día siguiente me crucé con Bety y le pregunté cómo le había ido en el hospital y me confirmó que efectivamente eran cálculos. Tenía que hacerse unos estudios, etc. De los 50 soles ni una palabra. Por estos días había aparecido por la casa el hijo mayor con su esposa e hijo. Ellos dormían en una de las habitaciones que había detrás de la cocina. El día lunes me encontré con Bety y casi con resignación le pregunté por el dinero, es decir le dije que lo necesitaba y ese tipo de explicaciones que uno da cuando juega de banca miserable. Me aseguró que estaba esperando a su otro hijo, el mayor, que había salido, para pedirle y devolverme el dinero. Ese día a la noche resolveríamos el tema. Bueno, dije, y confieso que una luz asomaba en mi sombrío horizonte de escepticismo. Imaginé que la presencia de su hijo mayor aclararía un poco el panorama. Ese día volví temprano de la playa y me quedé a esperarndo a Bety, que todos los días viajaba a Trujillo y regresaba tarde. Esa noche no regresó.

Por la mañana me encontré con Bety, había regresado la noche anterior muy tarde. Le dije que necesitaba el dinero. Me respondió que iba al cajero y volvía. Ya no había escapatoria, estaba la esposa del hijo mayor en ese momento escuchando la declaración de Bety. Hay testigos, pensé. Ya todos sabrían de la deuda y de la promesa de volver del cajero con la plata. Antes de salir hacia el cajero se acercó Bety a la habitación para decirme que si quería podía dejar la mochila allí hasta su regreso, yo tenía que irme antes de las 12.

 No, te espero, fue mi respuesta. “Bueno, te digo, por cualquier cosa”, me dijo una inefable Bety y acompañó esa frase con un gesto que se lo podría incluir en uno de esos que no alertan la mentira sino uno de aquellos que presumen un atisbo de sinceridad. 

A las 10 de la mañana mientras esperaba en el living de la casa, se me acercó la esposa del hijo mayor y me preguntó qué iba a hacer. Es decir si me quedaba otro día. Le dije que no. “Ok, porque nosotros nos vamos ya para Trujillos. Recuerda de dejar la llave si te vas”, me dijo. Le explique el tema del dinero, del préstamo a Bety, de los cálculos que sufría la pobre mujer y que ella me había confirmado que iba hasta el cajero y volvía. “Bueno pero ella no vuelve hasta ma…” pero mi cara de estafado la alertó y se calló diciendo que Bety se había marchado hacia Trujillo y volvía más tarde. Le recordé que yo tenía que dejar la casa a las 12. Ok, otra vez fue su respuesta. Pasados 20 minutos pasó para despedirse, “bueno, nosotros nos vamos… ahí te quedas”.

El living tenía los sillones dados vuelta como cuando se ha limpiado el piso. Un ventanal oscuro daba a la calle, junto a la mesa sentado en una silla decidí esperar. 50 soles, pensaba. La idea de la denuncia estaba descartada, un buen motivo era pagar mi propia estupidez, quedar saldado conmigo, en cero. No me debía nada a mí mismo, había actuado como un buen hijo de vecino ante la desgracia ajena, como se dice. La salud, me decía, ¡eso no se hace! No se juega con la salud porque se cree que la justicia universal caerá en el estafador con rigor y lo hará padecer su mentira. Las razones del incauto, ¡qué gracia! Me quedé en la mesa del living leyendo un diario viejo de otra ciudad. ¡50 soles! No somos nada me dije en el velorio de mi buena fe. En la casa no había nadie. Pensé en robarle algo, buscar entre sus cosas, romperle algo, la venganza se apoderaba de mi razón poco a poco. Estaba nublado, como borracho. Necesitaba resarcir mi orgullo. No esperé hasta las 12 sino hasta la 13, “Bety me fui, vuelvo a la tarde”, con letra insegura en un papel sobre la mesa del living le dejé una nota junto con la llave de la casa. No volví nunca más.

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