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La vecina chismosa: Reflexiones sobre la ocupación del espacio público

Especiales 03 de mayo de 2020 Por NEP Cooperativo
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Imagen: Liliana Peligro

Por Margarita Castillo Conesa (*) para Diario Nep

Todos los días cuando me levantaba, ya veía la luz de su ventana prendida. Mientras desayunaba antes de ir a trabajar, Marta ya había empezado a barrer la vereda. Si no fuera porque sus baldosas eran de tipo vainillitas, hubiera estado lustrosa de tanto limpiar.

Sacaba el auto, y seguía ahí, apostada al lado de su escoba, variando entre el frente y el porche si llovía o hacía mucho frío, pero no había clima que le impidiera su tarea. Cuando volvía de la escuela, cerca del mediodía, la encontraba de nuevo en el mismo lugar. 

Mientras viví en ese barrio, escuché numerosos comentarios de vecinos y vecinas acerca de la pobre Marta: que sabía la vida de todo el barrio, que no era necesario poner cámaras de seguridad porque no había evento que se le escape; su apodo más frecuente era “chismosa”, aunque el que me resultaba más gracioso era “bisagra”, porque si no estaba en la puerta estaba en la ventana, y de eso puedo dar fe que era absolutamente real. 

Pero una mañana mientras tomaba mate me puse a pensar qué era lo que llevaba a esa mujer a hacer eso todos los días de forma casi religiosa, qué era lo que le causaba curiosidad de la vida de los demás y por qué no se le conocía otra ocupación más que barrer la vereda, sentarse en el borde de la ventana o, en su defecto, espiar desde adentro, con el tierno gesto de esconderse atrás de la cortina, sin darse cuenta que se veía la sombra de su silueta como un niño que intenta jugar torpemente a las escondidas. 

Y pensé en la hipotética vida de la pobre Marta. Sacando cálculos a ojo, ahora debe estar cercana a los 80 años y fue ama de casa toda su vida. Primero sus ocupaciones pasaron por el cuidado de los hijos y el hogar, como muchas mujeres de su época. Pero, los hijos crecieron, su marido siguió trabajando para sostener la economía familiar, y ella no encontró un lugar en su nueva disposición hogareña. ¿Qué  haría Marta entonces? 

Supongo, por su curiosidad, que si la época le hubiera permitido, podría haber sido una gran periodista, o vendedora, o algún oficio de relaciones públicas. Recuerdo que le encantaba hablar con la gente, y se quedaba fascinada cuando le mostrabas algo nuevo. Marta tenía una capacidad asombrosa para que le termines contando algo que querías conservar en secreto, tanto, que hasta el mismísimo Mark Zuckerberg la envidiaría porque ella no necesitaba de ningún procesador de datos masivo para eso: su trabajo era absolutamente artesanal. 

Pero, volvamos a la pregunta inicial ¿Qué hizo que marta viviera pensando en las actividades de los demás? Pues, podríamos advertir, en primera instancia, que se crió en una época donde a las mujeres, y en especial, a la de clase media del interior, como es su caso, no se les tenía permitido trabajar. No es que venía alguien con una vara a pegarles en el lomo (aunque hay casos que sí), sino que las mismas instituciones que forman la conciencia de los sujetos, en palabras de don Luisito Althousser[1], los aparatos ideológicos del estado, funcionaron tan pero tan bien que la mayoría de las mujeres de su condición ni siquiera se lo pudieron cuestionar. Basta con mirar las publicaciones gráficas de la época y sus publicidades como para ver cuál era el lugar que le tocaba a la mujer, a modo de refuerzo, por si no había quedado claro en la familia, en la escuela y en la iglesia. 

¿Qué significa esto? Que el lugar de la mujer era adentro de la casa, y estaba totalmente prohibida su participación social si no era al lado de su padre primero, y de su marido después (hijos en caso de enviudar, y ni sueñes con volver a casarte: tu estado civil era viuda para toda la vida). Y si el lugar de la mujer era el espacio doméstico, el hombre, por decantación, era el rey y señor del espacio público. El trabajo, el banco, las relaciones sociales, la política: todo espacio público estaba reservado para los patriarcas del hogar. 

Ahora bien, si la pulsión de Marta por entrar al mundo de lo público había sido fuerte en algún momento de su vida, con la progresiva conquista de las mujeres de esos espacios, intuyo que se habrá potenciado. Pero, pensemos que el rol de las instituciones que Althusser plantea como aparatos ideológicos había sido tan pero tan fuerte, tan eficaz, que, aunque socialmente ya no estaba mal visto, internamente Marta se había apropiado de ese mensaje de que su lugar era, indiscutiblemente, en su casa. 

Pues pienso entonces que, en la cabeza de la pobre mujer, y sin poder ponerle nombre a lo que le pasaba, su curiosidad habrá ido en aumento: ¿Qué pasa por fuera de las paredes de mi hogar? Y encontró, como lo describe Néstor García Canclini[2], un nuevo espacio: el espacio semi-público:  uno que está en las fronteras y que no es ni chicha ni limonada, no está dentro de su casa, pero tampoco afuera: es una participación, podríamos decir en un principio, pasiva del espacio público. Pero su mote de “chismosa” hacía que no sea una mera espectadora de lo que pasa, sino que tuviera una actuación no convencional. 

Podríamos trasladar la vereda de Marta a alguna peluquería o almacén. ¿Viste que siempre te dicen que saben todo del barrio? Pues, en algún momento, fueron los únicos espacios donde las mujeres podían socializar solas, por fuera de sus maridos y padres, y podían, confiando quizás en la relación entre pares, contar qué pasaba dentro de sus casas, cuáles eran sus temores, sus dudas, sus enojos, sus amores y sus alegrías. 
Hoy, desde una distancia generacional, nos resulta difícil entender por qué Marta o cualquier otra mujer de 80 sostuvieron esa aparente pasividad, pero no tuvimos esa limitación tan estricta, no por suerte, sino por el avance de la lucha de las mujeres en los distintos espacios sociales. 

Capaz que los años la han ido rebelando, de a poco, contra ese sistema que la oprimía. O quizás no. Pero me encanta pasar por su vereda cuando tengo que hacer mandados y mirar la impunidad con la que toma mate en el porche de su casa mientras pasa la camioneta de los bomberos pidiendo que todos se queden adentro. Tantos años de encierro quizás hicieron que la amenaza de una prisión domiciliaria no la atemorice, porque no será muy distinta a todos los años de su vida que pasó adentro teniendo ganas de estar afuera. 

(*) Periodista y docente.


 
[1]  ALTHUSSER, LOUIS. Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Freud y Lacan, Nueva Visión, Buenos Aires, 1988. 
[2] GARCÍA CANCLINI, NÉSTOR. Introducción. Público-privado: la ciudad desdibujada Alteridades, vol. 6, núm. 11, 1996, pp. 5-10 Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa Distrito Federal, México. 

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