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El amor en los tiempos de pandemia

Información General 12 de abril de 2020 Por NEP Cooperativo
En este marco internacional, nacional y local donde el COVID19 ha inundado nuestras vidas, la novela “El amor en los tiempos de cólera” del querido autor latinoamericano viene a mi memoria. Pienso en esa realidad mágica en la que García Márquez nos pintaba la vida cotidiana, esos amores pasionales, familiares, conflictivos, donde lo histórico aparecía en su versión repetitiva, para reparar, para vengar, para consumar, amores demorados, amores por conveniencia, amores frustrados.
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Por Sebastián Corenfeld (*)

Hasta ayer nomás, cuando todo nos hacía creer vivir en la falsa idea de inmortalidad, muchas de las tecnologías de la vida nos prometían la negación de la muerte. Hoy, aparece en nuestro escenario un nuevo virus, que nos recuerda que nada nos salva de esa realidad irremediable: nuestra muerte. Ahí,  invisible, a la vuelta de la esquina, a solo 2 metros. Se llama Coronavirus, y puede alojarse en cualquiera, como un alien: en mi vecino, en mi amigo, en mi compañero de trabajo o estudio, en esa piba que me gusta, en mi vieja, en mi abuela, en mi hijo, y hasta en nosotros mismos. 

El enemigo no es el chino, el bolita, el paragua, el negro villero, el ruso comunista, el yanki capitalista, el otro que está al otro lado de la grieta, no: el enemigo está mucho más cerca. Esta idea atraviesa una especie de paranoia colectiva, exacerbando nuestro individualismo cultural, ese que nos hace pensar “no te metas”, “no te involucres", “si todo se pudre a mí no me agarra sin víveres”, “al lado se pelean pero no es mi problema", “siempre fueron así qué le vas a hacer". Este supuesto sentido común no es nuevo, y es propio de este estar o ser neoliberal, estamos atravesados en esta manera existencial, y también en esta manera de amar, narcicistica diría el amigo Freud. 

En este sentido esta pandemia, nos lleva a interpelar nuestro modo de estar, de trabajar, de convivir, de transcurrir nuestra cotidianeidad. Una cotidianeidad que se hizo de horarios y rutinas, laborales, institucionales, familiares, de ocio, de intimidad. Todo ese sentido existencial: vivir para trabajar/estudiar, trabajar/estudiar para vivir, todo ese ocio demorado para el fin de semana, o para después de trabajar o para después de cuatro meses de trabajar o para después de juntar esa plata que teníamos para invertir en el arreglo que me llevó a otro arreglo y después a cambiar el auto y después y después, esa demora, hoy es realidad; nos vemos obligados a quedarnos en casa. Pero a la vez nos están invitando a encontrar un nuevo sentido a lo que antes de la pandemia era sinónimo de depresión: “¿qué haces en tu casa? ¿no salís? ¿no trabajás? ¿todo el día encerrado?”. 

Este estar adentro nos interpela porque nos deja por momentos perplejos, dispara un montón de sensaciones: cansancio, ansiedad, falta de sueño, de apetito, se nos cambian las horas de sueño, aparecen sentimientos de desesperación, tristeza, rebeldía, apatía y más. Tenemos que reconocer que estamos en crisis, porque el aislamiento preventivo y obligatorio nos obliga a varios a vivir distinto, a organizar las compras, a revisar qué es lo esencial para vivir, a reencontrarnos con los vínculos: los que tenemos con nosotros mismos, con los que tenemos mas cerca y también los que están lejos. Y como ya lo decían los chinos crisis puede significar oportunidad, en sus dos caminos, oportunidad para entrar en un callejón sin salida u oportunidad para generar cambios. 

Y cambiar no necesariamente implique hacer un gran giro. A veces una pequeña maniobra nos saca de un lugar peligroso, de una zona donde no estábamos cómodos. Un cambio de actividad, tomarse las cosas de manera más relajada, focalizar en aquello que nos hace bien, en fin no soy amigo de las recetas, hay mucha info dando vueltas y las que más se acercan a este momento de mi vida en mi práctica humana y mi sentipensar se relacionan con:

·         Encontrar espacios de intimidad: a veces quedarse un rato en el patio, o en el lugar de la casa que nos resulte cómodo, nos permite poner limite a momentos en los que la convivencia puede volverse insoportable y también puede que nos ayude a bajar algo de ansiedad, ejercicios de respiración, meditación o lo que vayamos encontrando que nos ayude a desacelerar nuestra cabeza y cuerpo. 

·         Organizarse diferentes tiempos: para acomodar la casa, para trabajar (en el caso que se pueda), para ir a hacer compras, para lo que tengan ganas de hacer, para compartir con los que convivo o los que no pueda ver (si quieren, si tienen ganas). No necesariamente hay que obligarse a hacer eso pendiente porque ahora pareciera que tienen más tiempo. El tiempo capitalista nos conecta con ese tiempo productivo, ¿podemos conectarnos con otro tiempo?

·         En ese organizar los tiempos es muy necesario poner límite a la información, que sin darnos cuenta también puede enloquecernos. Vivimos en este tiempo de que accedemos a un montón de data las 24 horas y esto nos mantiene conectados, en este momento pareciera que estamos más pendientes de la tragedia: la de cada provincia, la de cada país. Por momentos no sabemos si aplaudimos a los médicos italianos, españoles, argentinos… No estoy en contra de la solidaridad, todo lo contrario, pienso que esos gestos nos humanizan, nos recuerdan que por momentos también pensamos en el otro, pero… esa hiper conectividad nos hace olvidar que acá LAS NOTICIAS OFICIALES nos dicen que vamos bien, venga de un lado u otro de las editoriales. Por lo tanto, coincido con la sugerencia de informarnos una o dos veces al día, y usar el teléfono, tele, tablet o compu para otras cosas: hablar con los que no podemos ver en presencia, filmarnos mientras cantamos, ver pelis, escuchar música… 

·         También me parece primordial el gesto que nos humaniza, porque aislarnos para cuidarnos y cuidar al otro no significa encerrarnos emocionalmente. Y como veo el aplauso, la solidaridad de aquellos que se ofrecen como voluntarios para hacerle más fácil la vida en cuarentena a varios; me hacen ruido otras cuestiones que también van apareciendo: veo el señalamiento, la persecución, la estigmatización, la saña, ese personaje que vive en nosotros y se parece algo al que marcaba al judío en la Alemania nazi, al negro en el apartheid, al indio en las campañas al desierto, a la mujer soltera y al homosexual en la actualidad… nos sale muy fácil pensar en cómo vive el  otro y en las cosas que hace mal. Eso también es pandemia, es el germen del bulling, el racismo, el odio de clase, y también es invisible, lastima, deja huellas imborrables. Es necesario seguir apelando al amor como bandera, el cuidado propio pero también el del otro.

Pienso, que cuando el corona, deje de ser una realidad, lo vienen demostrando la experiencia de otros países y lo dicen los expertos; aún seguirá quedando el hambre, los femicidios y todas sus variantes institucionales y sociales, la pobreza, los agrotóxicos, y tantos otros temas que no se resuelven quedándose en casa. 

Por último, me pregunto, ¿quiénes se ocupan de lo doméstico, de la crianza, de los quehaceres de la casa? ¿Hay lugar para repensar estos roles ahora que no nos queda otra que compartir este tiempo? A seguir pensando en estas monarquías, la del virus y porqué no, la de este patriarcado que se sigue llevando a las mujeres cada día. 

(*) Psicólogo

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