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En las manos del señor

Especiales 05 de abril de 2020 Por NEP Cooperativo
Un cuento de Luciano Lozano (*) para Diario Nep.
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A la memoria de Guadalupe Vilches

Recorrió con su mirada la camioneta jeep gladiator estacionada a pocos metros, la calle de tierra y los paraísos en hileras que bordeaban la vereda.  Estornudó. Esos días, el viento traía un olor salino y húmedo de la creciente del río Quinto. Meneó la cabeza para ambos lados y se detuvo en la casa blanca de la esquina. 

- ¡Gordo, hijo de puta!- dijo Juan Pedro y pateó un cascote de tierra, rompiéndolo. 

La casa, pintada a la cal, tenía rejas verdes y unas margaritas en dos canteros de ladrillos rojos. Afuera, sobre la fachada, el Citroën 2cv amarillo despedía un humo grisáceo del caño de escape. No se veía a nadie en su interior. 

- ¡Eso no se dice! ¡lavate la boca con jabón!- dijo Matías y movió sus anteojos, empujando con el dedo índice la moldura de metal, desde la punta de su nariz hacia los ojos- ¡le voy a contar todo a mamá! 

- No seas soplón. Es un gordo de mierda, parece un globo- Juan Pedro miró el árbol a su lado. Del paraíso colgaban racimos de bolillas ocres, estiró el brazo y arrancó uno. Cortó el cabo y abriendo la boca, lo apretó con sus labios. Con fuerza, arrojó el resto contra la vereda de cemento. Olió su mano izquierda.

- ¿Un gordo inflado?- dijo Matías y tomó del piso unas bolillas que guardó en el bolsillo trasero. Tenía un pantalón corto azul y una remera rayada, blanca con líneas celestes. Su madre solía vestirlo así los domingos para la misa de las diez.

-  Sí, bah, un globo muy inflado- dijo Juan Pedro y rió. Al hacerlo, se le veían los dientes delanteros partidos, amarronados. Se rió y levantando el mentón, escupió. La saliva, liviana, fue absorbida por la tierra.

- ¿Es un gordo inflado como un globo? ¿O un globo gordo?- dijo Matías frunciendo el ceño pecoso y comenzó a saltar, con la mano izquierda extendida para atrapar uno de los primeros panaderos voladores que aparecían en el otoño. Sonrió. 

- Es un globo gordo inflado. No me quiere devolver la pelota que cayó en su patio- Juan Pedro miró el Citroën - gordo canchero, es nuevo en el barrio y se hace el gallito.  

- ¿Es cómo tío Jorge? ¿Qué parece una piñata pero tiene patas de tero y brazos flacos? 

- Y mano larga. Eso decía Silvita, mamá nunca le creyó- Juan Pedro, cerrando los ojos, mordió con fuerza el cabo del racimo y lo partió. Tragó un pedazo y tosió brevemente. 

- Tío Jorge dice que no tiene panza, que lo pisó un tren y la espalda se le dobló para adelante- Matías metió la mano en el bolsillo, agarró una bolilla y la apretó entre el dedo pulgar y el índice. La corriente del norte, más intensa sobre el mediodía de Trenque Lauquen, comenzaba a desparramar la hojarasca que las doñas amontonaban en las esquinas. 

-¡No seas tonto! Los grandes siempre mienten. Sos muy chiquito para darte cuenta- dijo Juan Pedro y miró a la vieja Beatriz, asomada en la ventana de persianas blancas, con agujeritos del último granizo- ¿qué pasa, Doña?

- ¡Qué viento de mierda! - dijo cerrando la persiana.

- ¡Oiga, Doña! ¡Más cuidado que está mi hermanito!- Juan Pedro acarició la cabeza de Matías, metiendo los dedos entre el cabello colorado y sacudió la mano para los costados,  despeinándolo. 

- ¡No soy chiquito! El otro día le gané una pelea a Raulito y además ya voy a la escuela- Matías bajó la cabeza y cerró los ojos. Sacó la bolilla aplastada y la tiró al piso-¡no soy chiquito!

-  Cuando naciste, ya íbamos a la escuela con Silvita, salimos y le llevamos flores a mamá a la clínica, después…

- ¿Era linda? Porque mamá dice que sí. 

- Que sé yo si era linda. Me dijo Cristián Bermúdez que él se compró una pelota para jugar al tenis- Juan Pedro sacó la mano de la cabeza de Matías, olió su mano y sonrió. Luego, se agachó y tomó de la vereda un cascote, gris y colorado. 

- ¡Mentiroso! A mamá no le gusta ver flores, una vez metió unas blanquitas de corazón amarillo en agua caliente ¡y se la tomó toda! 

- Cuando naciste, mamá te apretaba con fuerza y vos meta que te meta de gritos y gritos. Usabas como mil pañales por día. ¡Cagón! 

- ¡No soy un cagón! Los sábados, cuando veo a papá en su casa de la ruta, me dice que soy un nene fuerte, ¡fueeerrrrte!-dijo Matías y sonrió. 

- Fuerte como un torito ¿no?

- Yo tengo una vaquita, Cristián Bermúdez dice que su torito la va a cagar a palos ¿verdad que no?

- Las vaquitas son más fuertes.

- ¿Verdad que sí? con Cesar Tejerina hicimos una montaña y paredes, así las vaquitas y los toritos no se escapan. Su papá dice que por culpa de los radichetas ya no vamos a poder hacer más montañas y que se van a morir todas las vaquitas y los toritos.

- ¡Mentira! ¡Está lleno de bichos cascarudos! Son muy fuertes. Y van a poder seguir construyendo montañas y volcanes, pero en el patio. Dicen que los radicales van a hacer el asfaltado, hace poco pasó la máquina.

- Cuando sea grande voy a manejar una Champlia. Mamá dice que tío Jorge me puede enseñar.

- Si, cuando deje de abrazar la damajuana.

- ¿Quién es esa señora? ¿Es una señora gorda gorda cómo él?

- Si, gorda y verde, con una panza llena de vino. Dice que le hace acordar a la tía Mirta, será por eso que la hace pedazos cada tres días.

- El otro día mamá le gritaba cosas feas al tío Jorge.

- Sí, y el tío le prometió que no iba a tomar más. Y es verdad, mamá dice que no toma más del vaso, el muy hijo de puta.

En ese momento, en la casa de la esquina se abrió la puerta y un chico se asomó. Tenía una remera de River, pantalón deportivo negro y el pelo corto. Miró a los costados y corrió hacia el Citroën, entrando a la parte trasera. Juan Pedro, al verlo, estiró el brazo derecho para atrás y con el izquierdo apuntó hacia el auto. En la mano derecha apretó el cascote. 

- Papá me contó la otra vez que si soplás un panadero podés pedir deseos y que si vuelan alto alto, es porque van a cumplirse todos- Matías miró a su hermano y lo abrazó, enredando los brazos en la cintura. Luego, lo soltó y cerró los ojos.

-No vale la pena este gordo de mierda- dijo Juan Pedro y tiró el cascote al suelo. Restregó su mano contra la remera y la olió. Ya se oía el viejo Dodge 800 con su tanque de agua acercándose a pocos metros. 

-¿Por qué siempre te olés la mano? ¿Tenés olor a caca?- dijo Matías y ambos rieron.  

- Cuando Silvita estaba internada, los últimos días ya no veía, ni podía caminar. El horario de visita, era sólo de media hora. Vos eras un bebé y tenían miedo de traerte. Entonces ella, me pedía a mí, cada día, cada vez que me dejaban verla, que antes de entrar a la habitación te acariciara la cabeza. 

- Mamá dice que Silvita está en las manos del señor ¿por qué no la devuelve? ¿Es un señor muy malo?

- Otras veces, me pedía que agarrara flores o cualquier cosa con perfume y las frote contra mis manos. 

La marcha del camión los distrajo. Sonrieron al ver los chorros de agua que brotaban del tanque cisterna. El agua, en forma de lluvia, caía fuertemente, levantando polvillo de la tierra seca al ser mojada. 

- Después iba a verla y ella tenía que adivinar de donde era el olor de mi mano- Dijo Juan Pedro, pero Matías ya no escuchaba, tras el camión, corría, intentando alcanzar el agua para mojarse los dedos. 

 (*) Trabajador Social. Trenquelauquense, actualmente reside en El Bolsón.
 

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