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Cómo atrapar a un asesino, preso

Especiales 28 de marzo de 2020 Por Federico Tártara
Un guarda vio su figura cerca del alambrado y pegó el grito: ¡ahí está!. Lorenzo se llevó una mano al pecho y observó como un grupo de hombres se le venían encima. Abrió los ojos, y caminó para atrás, sin darse vuelta.  Las luces cortaban la oscuridad y el ruido de las piedras le indicó que eran varios. Uno saltó desde arriba del tren, y cayó mal. El otro pasó rodando por abajo del vagón y cuatro más llegaron a la carrera. 
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Por Federico Tártara

Lorenzo, un tano del piamonte, se despertó confundido en una mañana fría que nublaba la vista en el pueblo "La Zanja". 
Aguardó unos instantes, duro, miró a la ventana y miró a su señora, y en el medio, un pestanear separó las dos acciones. 
Se paró, busco con el pie las alpargatas y salió afuera. 

Caminó hasta el aljibe y se afirmó al balde que colgaba, tomandolo con las dos manos, como un bastón. 
Una vez quieto, y mirando a lo lejos, pudo ver la luz de las linternas y los haces de los faroles. 
El tren estaba detenido y los trabajadores alumbraban bajo los vagones, con ráfagas.

Se escapó, se escapó, le pareció escuchar. No está, no está. Sintió miedo, y pensó en ir, aunque
se lamentó de no estar peinado, ni afeitado. Por eso, al pasar por la canilla, la miró, retrocedió
y luego se pasó la mano mojada por el cabello, de atrás hacia adelante. 

Cuando llegó a las vías se encontró con su perro fiel, que sólo lo miró una vez y después
se fue lento por el campo abierto. Tonio, Tonio, perro e´ mierda, dijo tan suave que pareció
que nunca lo hubiese dicho. 

Un guarda vio su figura cerca del alambrado y pegó el grito: ¡ahí está!. Lorenzo se llevó una mano al pecho
y observó como un grupo de hombres se le venían encima. Abrió los ojos, y caminó para atrás, sin darse vuelta. 
Las luces cortaban la oscuridad y el ruido de las piedras le indicó que eran varios. Uno saltó desde arriba
del tren, y cayó mal. El otro pasó rodando por abajo del vagón y cuatro más llegaron a la carrera. 

-No es, no es- dijo el primero. Y los otros frenaron con los talones su carrera. 

-Eh, so agricultore, esa e´ mi chacra- se defendió Lorenzo. 
-Hombre, ¿Pero por qué no se presenta antes? Se nos escapó un preso que iba para Ushuaia, 
es muy peligroso. 

Lorenzo seguía anonadado. La Zanja de Alsina se poblaba de hombres que la recorrían tenebrosos. Volvió y recordo eso,lo de los chicos, eso, 
de las muertes, le quedó latiendo su cabeza. Recordó cuando meses atrás, lo había escuchado en la radio.  

Saltó el alambrado y corrió hacía su casa, cayó una o dos veces antes de llegar a los tamariscos. Su esposa
estaba en la cocina, mirando por un pequeño hueco de la ventana, pero él caminó derecho a la habitación de los nenes. 
Dormían. 

-Lorenzo, que pasa- dijo la doña Ana. 
-El petiso, el petiso- repitió Lorenzo por varios minutos. 

Cuando el miedo lo dejaba, miraba por la persiana. Ya había chequeado
ese rifle arrumbado y la caja de balas, arriba del ropero. El sol salió y entonces todos los pasajeros
se bajaron del tren. Varias mujeres combatían el frío de sus hijos caminando en rondas. Ya había milicos
en el lugar. Y su jefe, un bigotón de bozzarón y frases secas, daba órdenes y manejaba sus brazos como una marioneta
desencajada. 

Lorenzo recordó a Tonio. Y se levantó de la silla. Tengo que salvarlo, tengo que traerlo. Se tomó la cabeza y descansó
sus brazos. Se sonó la nariz con los dedos. Caminó hasta la habitación y ante la mirada atónita de su mujer, volvió
y cargó el rifle sobre la mesa. Tonio está allá, solito, le dijo. 

-Cerra todo, voy y vengo- dijo, y se trastabilló con una silla al salir. 

Se parapetó en un árbol y fue así, uno tras otro, sin dejar de apuntar. Cerca de la estación, se rescató
de su acción y dejó de hacerla. Pero cuando cruzó las vías, notó algarabía. Habían pasado tres horas desde
que se despertó, pero para él habían sido siglos. Sintió como su cuerpo se desinflaba, y como sus brazos caían. 
Se mareó y buscó sentarse al lado del molino, con su rifle entre las piernas. 

-Este perrito nos salvó a todos- dijo el bigotón, mientras jugaba con el can entre sus brazos. 

-Lo encontró él solito, y eso que el hijo de puta este se había dado vuelta las alpargatas, hasta
de eso se dio cuenta el perro. Claro, nosotros ibamos para un lado y nos estaba cagando. ¿Me entiende 
hombre? ¿Qué le pasa hombre? Bueno, el perro fue para el lado del monte y lo entontramos, estaba medio como metido
en... abajo de una chapa, en un pozo. 

Cerca de las 11, Lorenzo, su señora, todos los chaquereros y hasta autoridades de la zona, conocieron un rostro
imborrable de sus memorias. Lo fueron observando lentamente, como llegaba hasta la Estación, suspendido en las vías, rieles y piedras. 
Parece una procesión dijo Lorenzo para adentro. Dos hombre lo sostenían firme del brazo
y sus piernas flotaban en la pampa serena. 

Cuando ya estaba por pasar por el grupo que se amuchaba en el andén, el petiso lo miró y le dijo:  

- Voy a volver a matar a su perro  
- Callate pendejo de mierda- dijo un milico bigotón y le pegó un zopapo. 

Todos lo miraron a Lorenzo, que nunca más volvió a mirar de la misma forma a su perro. Muchísimos años después, los dos murieron de viejo nomás, una tarde cualquiera, por enfermedades comunes y no curables para ese tiempo.

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