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El día que Mangui casi se lo come al Jesús Fernández

Especiales 24 de marzo de 2020 Por Federico Tártara
A mitad de la década del 50 un circo gitano acampó en Beruti, cerca del único boliche de Juan Zoppiconi. Al toque se armó la batalla del siglo: el Oso Mangui y el inefable Jesús Fernández. Bajo una noche estrellada y en una carpa que explota, sucede la oportunidad única del Jesús de plantarle cara a la vida, y soñar con convertirse en héroe, al menos por un ratito. Que la magia no se apague.   
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Por Federico Tártara/ Periodista. 

Por Ignacio Studer/ Historietista y dibujante.

Jesús Fernández está entre el público, puesto. Por una de las puertas laterales ingresa Mangui con sus uñas tapadas con unos guantes fabricados con bolsas de arpilleras y goma de cámara de auto que le llegan hasta el codo, y un bozal que le sella la boca. La única luz del circo sigue la caravana que es guiada por el Gitano, se mueven en zig zag, al ritmo de una pandereta que corta el silencio expectante de toda esa gente que vino de los pueblos vecinos. Al llegar al centro, entre los trapecios, el oso se clava en dos patas. La gente se vuelve loca. Jesús suda como nunca.  


-Suuuuuuuuuu, dice el dueño del circo. 


Luego, pasan cinco segundos de interminable silencio. Y el ruido de los metales vuelve a hacer que la gente se despierte, como en un reflejo, y que ría -por los nervios- y aplauda a rabiar. Se prenden más que nunca los faroles a querosen en medio de una noche cerrada berutense.

Pues comienza la función: el contrincante del animal pega un salto y ya está frente a su desafío. El Gitano no suelta la correa que rodea el grueso cuello, y comienza nuevamente a tocar la pandereta, al tiempo que menea su cuerpo tomándose de su sombrero de alas anchas. Jesús se muerde los dientes, y mira hacia el público. Sus ojos brillan como un sapo perdido en un matorral. Se suena sus dedos, cierra sus brazos e infla el pecho gallego, ancho. Está feliz.    


Antes, durante varios días, los dueños del circo pasearon a Mangui a bordo de un chango que era tirado por un tractor. A primera vista, y mientras circulaba por la calle Rodriguez Peña, Mangui, aparecía fuerte y con esa estampa que suelen tener en los afiches de circo, pero cuando se lo veía más de cerca era viejo, con sus brazos flácidos y muy feo. Los gitanos lo paseaba invitando al desafío a viva voz mediante un  pequeño caño que amplífica el sonido y tornaba muy en serio el convite para desafiar a Mangui.

Por esos días, no había quien no pensara que Jesus Fernandez era el número puesto para defender el orgullo de un pueblo y de una clase de hombres venidos de la vieja Europa, plagados de incertidumbre pero con una fuerza puesta en el día a día que espantaba.


Jesús tiene una estrategia que no es para nada secreta. Sería algo así como jugársela toda con un solo movimiento, algo así como menear como pato mareado en merienda de lobos, pero seguro de su final. 


Jesús trabajaba sellando ataúdes con estaño 


Jesús era un español fortachón que había llegado hacía ya mucho tiempo de España. Su oficio era el de tachero, que no tenía nada que ver con conducir taxis en mitad de siglo en medio de la pampa húmeda, sino con manipular chapas de zinc y realizar un trabajo complicado: soldar ataúdes con estaño. Lo hacía cuando el muerto, ya estaba bien muerto. Es decir cuando el velorio ya había terminado. Ya que en tiempos de los de antes, hace mucho tiempo, no existía la sala velatoria. Entonces las despedidas se hacía en una habitación de la casa del muerto o familiar. Mamma Mía, quien se metía ahí después. Se tapaban las ventanas con sábanas blancas y se mandaba cal en las paredes y así quedaba el habitáculo por días y días. 


En el Beruti de eso tiempos, también vagaban (no de vagos, sino de tranquilidad o falta de prisa) hombres fuertes como Aragón, Boemo, y el querido Carletto. Eran una clase de tipos magullados y, de distintas latitudes, que aprendieron lo que es vivir, casi sin opción. Fueron parte de una clase que aceptó el sacrificio físico, y la no demostración de las emociones. Seguros, de vivir con poco: tomar mucha caña y comerse un buen churrasco cada dos por tres. No tuvieron otra que hacerse a partir de un oficio, y dormir a como dé sin soñar mucho.  


Aragón, por ejemplo, tiraba una piola al piso. Marcaba. Sacaba distancias, casi sin hacer cuentas y luego arrancaba el pozo. ¿El fin? Fabricar aljibes, de esos tantos que hoy quedan en Beruti. Aún no se sabe si ese era su apellido o bien que eso de Aragón provenía en realidad de la región de España. Simil equivocación le sucedió durante toda su vida a Pepe Moretti, que portó por un buen tiempo ese apellido, cuando en realidad el suyo era Armano, y el trocado tenía que ver con la región de Moretto, en Udine, Italia, de donde provenía su famiglia


Después estaba Boemo, italiano, albañil, de la misma categoría de aquellos que hicieron la Catedral de La Plata, y tantos edificios públicos por toda la Provincia de Buenos Aires durante la década del ´30. Aquel que llegó hacerse con la gloria de haber sido quien terminó de revocar la torre de la fábrica GIAT y BAT.  


Y, finalmente, Carletto. Camionero. Vivía de trasladar arena, cuando esta no estaba en ningún corralón sino que había que irla a buscar al medio del campo. Dormía en un galpón y solía tomar mates por la tardes con José Tártara. Carletto tenía un lugar enorme para dormir, pero no tenía más que una cama con una única frazada-que cubría del rocío con una especie de lona de plástico- y una sartén para la carne, y una lata para lavarse rápido, y más en invierno. 


Carletto también tomaba, como todos en ese tiempo en Beruti. Se tomaba siempre desde el mediodía en adelante, como algo natural y luego se seguía paleando el cerearl, la arena, haciendo pozos, total nada cambiaba. Una vez se pasó de tragos en el boliche del Hotel Moretti, en San Martín y Mitre. Eufórico por el trago, salió del lugar, se subió al camión y aceleró a fondo. El niño Cacho Moretti se cruzó en la calle pero el conductor, aún confuso y por obra y gracia del más grande, alcanzó a frenar. 


-Carletto me va a matar a mio niño- dijo Juana Sardi. 


El hombre bajó del camión y llevándose la mano a su cartera, una especie de riñonera primitiva que anudaba en su cintura y de donde salía un puñado de billetes arrugados, tiró: 


-Dimmi una cosa: quanto vale Cacho? Ti pagherò

Otras de las atracciones de ese época eran los circos. Uno de los más recordados fue "Farfan" que llegó en el verano del año 1950 a Beruti. Y tenia una de las atracciones por las que se habló durante un largo tiempo en el pueblo: una chancha, así como lo leen y lo escuchan. En un determinado momento del show, el animal para nada doméstico, se subía a un subi-baja y ahí hacía el equilibrio. Cuando bajaba le tenían preparada una cerveza fría como premio. Cuenta Zulema Cavalloti, en el imprescindible libro "Huellas" que la chancha dormía bajo el escenario, ahí tenia su chiquero. Y sucedió que un día, mientras uno de los artistas le metía misterio y llanto a una de sus actuaciones, la chancha empezó a llorar a más no poder y se terminó la función en un mar de carcajadas, lo que tendría que haber terminado en llanto. Para ella todo terminó mal. Tiempo más tarde fue echada a la parrilla en un pueblo vecino.


Cuando los días fueron todos invierno 


En los días de invierno que han pasado, han pasado dos cosas: mamá nos pidió que no vayamos ni un dia al circo, pues fuimos todos los días. Ahora que lo pienso, realmente no sé cómo vivimos. Nos cuida la abuela, que ayer nos acompañó al tren. Habíamos recibido una carta de que volvían. Fui con mi hermana, y también la abuela. Nos bañamos, nos perfumamos y solito me peiné el jopo bien redondo arriba. Mi hermana no se como hizo, pero solita también se hizo dos colas. Cuando notamos que no bajaban en el tren, y que la locomotora ya se perdía por la curva, nos largamos a llorar y nos abrazamos, cabeza con cabeza. No entendí qué pasó. Volví a la carta, la revisé, la releí, la dí vueltas, y la volví a interpretar y ahí entendí. “El vamos a ir”, no era a Beruti, era a un recreo de por ahí, de Buenos Aires, quizas Quilmes. Y nosotros pensamos que venían para Beruti. Que manera de llorar. 


Papá se fue a San Miguel a operarse de una ulcera en el Hospital Fernández. Mientras ellos están ahí, yo al oso lo veo todos los santos días. Atrás del circo, comiendo pasto y otras cosas que le tiran los gitanos. Unos huesos enormes se devora, y yo lo miro. Lo miro fijo a los ojos, y el oso no me baja la mirada. Como si supiera quien soy, como me llamo, y que mis papás están lejos, mientras yo ando con un barril acarreando agua de aquí para allá.

Sabemos lo que sabe todo el mundo acá en Beruti. Lo escuchamos a los gitanos repetirlo hasta el hartazgo. Se escucha en la panadería, en la fábrica, en el cine, en el club, en el partido y en el Almacen de Ramos Generales de Juan Zopiconi: Jesus se va a batir a duelo con el Oso Mangui.

El día de la pelea, nos colamos como siempre en el circo. Con mi hermana los dos. Veíamos muy bien. Agarramos un buen lugar. Los nervios. Las luces. Y eso, eso que entraba: ya no era el osito que ví. Ahora, era terrible monstruo.  

Otro final


La estrategia de Jesús era conocida por todos y todas. Se la contaba a quien quisiese en el bar de Juan Zopiconi; es más: la contó en la tarde de ese noche de pelea. Su idea era abrazar el oso y levantarlo, y ahí estamparlo contra el piso. Soñaba con sentarse arriba del animal, y vencerlo así: a puro raciocinio y mucha destreza física, aquella que se había ganado en los años de tachero. 

Nuestro heroe está en el medio del ring imaginario. Sabe que no va a respetar las reglas de los gitanos, porque cree enteramente en su poder de voluntad para cambiar las cosas que no cree correctas. Soy Fernandez carajo, se repite para sus adentros. Jesús sale a la cancha y lo abrazo al oso y lo intenta tirar para la izquierda. Mangui se soprende y mete un gruñido que rompe la carpa, el gitano desesperado intenta manotar la cuerda, mi papá se hunde en el asiento y yo... y yo soñé toda mi vida con otro final.

GIF REMERA CATALEJO

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