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8 M Las grietas en el muro

Géneros 09 de marzo de 2020 Por Leticia Badino
9 años. Las llama un tipo desde un auto. Ella y su amiga se acercan. No recuerda qué dijo, pero recuerda que tenía el pene en la mano. Y que su amiga no se podía mover. Y que la tuvo que empujar para que pudieran alejarse juntas. 12 años. Camina sola hacia la escuela. Es todavía de noche porque es invierno. Un viejo se le pone a la par y empieza a hacerle preguntas. Le dice “querés que te lleve”. Ella corre y llega a plaza San Martín. Y deja de correr cuando ve que ahí adelante va un pibe de su escuela. 12 años. Va en bicicleta. Un tipo en el auto se le acerca. Le pregunta una dirección. Ella mira. Otra vez con la pija en la mano. 14 años. Camina hacia la escuela secundaria, comiendo un chupetín. El hombre petiso y panzón de la panadería la mira asquerosamente mientras balbucea estupideces. 16 años. En el pasillo de la escuela, el profesor se le acerca y le dice bajito “vos cada vez estás más buena”. Así. Hasta el hartazgo
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Por Leticia Badino

Si bien la lucha por los derechos de las mujeres no es nueva, es indiscutible que hoy ha ganado una potencia y una visibilidad que señalan la apertura de una transformación de la que ya no habrá vuelta.

Intentar describir un movimiento que escarba con cucharita de café cada poro de la piel de quien queriendo pensar, siente, es tarea difícil. Y sin embargo, necesaria.

Hay un estallido de lo que fue y ya no puede seguir siendo. Porque lo que parecían individualidades atravesadas en su construcción por humillaciones y violencias particulares han sabido construir colectivo.

Un colectivo que contiene diversidades pero que agrupa a partir de la determinación de no seguir tolerando la vulneración de los derechos de las mujeres.

Un colectivo con tensiones y contradicciones pero que parte de la certeza generalizada de que la desigualdad se sostiene a través de dispositivos culturales que hay que derribar desnaturalizándolo todo.

Hay un muro con grietas por donde cada mujer puede espiar escenas que atravesaron sus huesos. Son miles de agujeros en el muro. Y algunos de ellos, de muy difícil acceso.

El cierre del Parlamento de la Mujer, que se realizó el sábado pasado, estuvo a cargo la socióloga María Pía López. Su exposición abrió un abanico de reflexiones profundas y necesarias. Una de las más interesantes tuvo que ver con entender que sostener a la mujer en el papel de víctima no hace otra cosa que reforzar los dispositivos patriarcales, ya que la mantiene en un lugar pasivo que niega su capacidad de lucha y transformación.

Esta idea explica por qué es posible que en nuestra sociedad todas y todos se sientan interpelados ante la consigna Ni una menos y repudien los femicidios, pero no actúen de la misma manera cuando una mujer muere por un aborto clandestino. Para parte de la sociedad esta última tiene lo que se merece. No solo por no querer ser madre, sino porque se atreve a intentar tener autonomía sobre su cuerpo. Si una mujer muere asesinada, la sociedad pierde una vida. Si una mujer muere como consecuencia de una decisión (que casi siempre es producto de la falta de opciones) su vida ya no es tan importante.

De cada lado del muro asoman ojos por las grietas. Ojos que miran a otros ojos.

Los feminismos gritan y generan resistencias. Incluso allí donde hay mujeres. Cualquiera entiende que aquellos que buscan que nada cambie, son quienes en este de orden de cosas resultan favorecidos. Pero qué pasa con aquellas mujeres que estando en un sistema que las condena a la desigualdad rechazan las luchas feministas.

Hay un entramado discursivo que circula por los medios, por las instituciones educativas, por las redes, y en las familias, sobre el que si bien ha habido avances, aún falta mucho por desmontar. Por eso es tan importante la ESI.

Para construir una casa común, que hospede a todos con el mismo amor y el mismo respeto, necesitamos los sentidos que nos validen como iguales en lo diverso.

Todos. Con nuestros cuerpos. Con nuestros deseos. Con nuestras decisiones. Sin miedos.

De a poco, los ojos que se vienen mirando por las grietas del muro, sienten que son parte de una cabeza, que está unida a un cuerpo. Que tiene fuerzas y posibilidades de acción.

Que puede meter un dedo por el agujero, y dos, y un brazo. Que puede hacer que una grieta se abra tanto que llegue a unirse a otra, y a otra. Que puede hacer que el muro se caiga. Para juntarse con todo aquello que ha sido y ha atravesado. Y con todas aquellas otras que también han sido, y han vivido, y han sufrido. Y darse la mano. Y abrir caminos.

Foto: María Pía López en el II Parlamento de la Mujer en Trenque Lauquen. (Perfiles Estudio).

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