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GIAT es siempre resistir

Deportes 03 de marzo de 2020 Por NEP Cooperativo
En el año 1994 Giat salió campeón del torneo preparación con un equipo que lo devolvió a lo más alto después del torneo del ´64. De todas maneras al año siguiente el fútbol en Beruti se terminó. Muy fuerte, y fue por 7 años. Recién en 2002, con muchísimo esfuerzo, se logró que en el estadio Adhemar Berengan pueda correr nuevamente una pelota, y en 2004 como el ave fénix que resurge desde lo más profundo el fabriquero pudo hacer tronar el grito sagrado. Ese año, se gritó campeón y ya nada resultó igual. 
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Por Federico Tártara 


La imagen es muy clara. Esa tarde en el estadio de la colonia, en Trenque Lauquen, y bajo un cielo duro, Marcelo “Pato” Denti ya tiene su pie en el aire y la pelota aún no bajó. Ya no hace falta el impacto. Ya se puede ver el recorrido que tendrá ese balón hacia el fondo de la red, ingresando por abajo, rápido y contra el palo. Es una volea clásica, de las largas, sin brillo y más que nada con bronca. Esta forma sucede cuando el pie se utiliza como látigo y ese tipo de golpe hace que la pelota no suba sino más que lo necesario. GIAT le gana 2 a 1, a Las Guasquitas cuando aún falta una fecha para que termine el campeonato del 2004. 


Falta algo más. Luego de este gol a lo Roberto Carlos, simplemente por la comba y como la pelota va hacia el arco, el equipo local genera una situación para el infarto. Centro, cabezazo abajo y contra el rincón y el enorme Hugo Pizarro la saca tras volar -no se tira, realmente vuela- como nunca contra el palo. En ese campeonato sólo le hicieron 4 goles, por su mérito y también por la cerrada defensa, donde sólo podía entrar un gol de pelota parada o de algún rebote del destino. 


Antes de ese terrible gol del pasense Denti, y la salvada de Pizarro, habían pasado muchas cosas. Carlos Bustos, la figura del torneo, había salido lesionado, en realidad venía lesionado desde hacía varios partidos. Ese también es un dato a tener en cuenta, resulta raro que la figura del equipo esté en la final y la rompa, siempre llega exhausto, roto y muy dolido. Lo tuvo que mirar de afuera y comerse todas las ansiedades y nervios, además de las uñas. En su lugar entró Juan Pablo Gallia (hijo del recordado Héctor Gallia, campeón del ´64, no hay casualidades) y luego, salió Leonardo Vera que fue trocado por Cristian “Riki” Lian, generando así otro buen momento para brindar ya que quedaron en campo 7 jugadores nacidos y criados en Beruti. 


Mucho antes, más precisamente a los 15 minutos del segundo tiempo, Gabriel Maggi tomó el balón en el medio de la cancha y metió tal diagonal furiosa que lo atravesó todo, desde la esquina del córner pegó media vuelta y tiró un centro preciso para que “Riki” Lian conecte de cabeza apenas elevándose del suelo, GIAT pasa a ganar y sólo queda esperar que los minutos pasen. Y que el sueño llegue.  


Siempre resistir 


El muchacho vino en su mejor momento. Lo que mejor hacía era pegarle a la pelota. De cualquier lado: tiro libres, corners, a la carrera, centros, cambios de frentes y al arco, al arco siempre. Cuando él llegó y tomó la primer pelota en el primer partido nadie entendió nada. Salió disparado, con hambre y con una velocidad que nunca se había visto en la liga trenquelauquense de fútbol, y quizás también en gran parte del país. 


La gente comenzó a sentirse rara, incómodos detrás del alambrado. Se miraban incrédulos, desconfiando de las percepciones visuales. Hasta ese momento él “salimos” -pegarle fuerte a la pelota e instar a que el equipo avance en el terreno de juego- era moneda corriente y hasta marca registrada en el equipo fabriquero.   


Pensarlo y compararlo en ese 2004 queda corto. Había algo del Pájaro Caniggia por los pelos negros al viento atados en parte a la vincha, y la mirada concentrada en el balón y en la larga carrera, como cuando lo tomaba en un tiro libre y casi sin nervios la clavaba en el ángulo.   


¿Quién era Carlos Bustos? ¿Qué hacía en una liga donde le sobraba en casi todo? ¿A quien se le escapa eso? ¿Que hacía un jugador de la calidad de Carlos Bustos en un pueblo de la Provincia de Buenos Aires? ¿Qué hacía ese jugador imparable que arrancaba a correr en puntas de pie como si fuese un corredor olímpico de los 100 metros llanos? 


Esa figura transita algo que a veces creemos perdido. Y se llama amor. Claro, para tener eso hay que estar dispuesto a perder. No queda otra que pensar en la conspiración de los astros, los misterios y la magia. Nada que se pueda explicar con las recetas cotidianas. Alguien conspiró para que en ese año, mejor dicho en esa altura de la vida de una comunidad aparezca ese personaje y que irrumpa de tal forma que sea capaz que alegar tantos corazones al mismo tiempo. 


Estaba destinado a generar una alegría tan importante luego de las décadas de sequía, de aquellos que decían que “íbamos a ser reservorio de agua”, de la pérdida de trabajo, del cierre de la fábrica GIAT y BAT, de lo despidos de la década del `70, de cuando dejó de pasar el tren, de las inundaciones que también llevaron a que nos suspendan el torneo cuando íbamos punteros en el 89, de la paleada de la ceniza a los comienzos de la década del `30, de los abuelos italianos y gallegos comiendo la polenta que rascaban de la olla, en ese campeonato aparecieron desde el fondo de la historia los que están y los que no, el Mota Blandi, Oscar Coronel, el Negro Gallia, Juan María Forteis, el Miguel Ángel “Dela” Castro, todos desde su lugar, tirando la magia necesaria para que GIAT resista, porque GIAT es siempre resistir. Cómo Beruti. 


Hoy, cuando ya ha pasado tanto tiempo, y lo hemos pensado tanto, los fabriqueros ya lo tenemos muy en claro. Carlos Bustos, fue un enviado. 

Marca insignia obrera

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En ese torneo Giat no empezó de la mejor manera. Tuvo dos empates consecutivo: en cero con Atlético Trenque Lauquen, y en la fecha siguiente en 1 con Atlético Pellegrini, con gol de Gabriel Maggi. Luego, desde el triunfo con Barrio Alegre (3 a 1, con dos goles de Carlos Bustos, y 1 de Juanpi Gallia), empezó a vislumbrarse que después de tanto tiempo podía generarse una nueva estrella azul. 


En la fecha 4, fue 2 a 0 a Monumental, nuevamente con goles de Juan Pablo Gallia y Marcelo Pato Denti y, en la fecha 5, hubo que esperar, el famoso partido libre. El partido siguiente, fue en Beruti, y terminó en un partido trabadisimo 1 a 0 a Huracán, con un gol agónico de Leonardo Vera y una salvada inolvidable -la pelota ya lo había pasado a Hugo Pizarro- sobre la línea de Tapi Tártara. El globo, claro, nos seguiría hasta el final. 


En la Fecha 7, 2 a 1 a Ferro, con goles de Gabriel Maggi y Carlos Bustos y en la fecha siguiente fue el partido a todo o nada que terminó en un 2 a 1 a Las Guasquitas Deportes, con tantos de Cristian “Riki” Lian y Pato Denti. 


Hugo Pizzaro, Juan Manuel "Tapi" Tártara, Pedro Ressia, Sapo Denti, Facundo Leguizamón, Matías Parras, Marcelo “Pato” Denti, Laureano “Chon” Testardini, Carlos Bustos, Gabriel Maggi, Leonardo Vera. 


Ese era el equipo completo que jugaba de contragolpe, muy rápido y muy efectivo, y por eso también se dice que le hicieron muy pocos goles. Gabriel Maggi tenía solo 17 años, Juan Manuel Tártara 18, y Juan Pablo Gallia: 19. Los tres re berutenses. Ellos -más Facundo Leguizamón- se tiñeron el pelo de azul, marca insignia de los obreros y el sentir de un pueblo.  

También fueron parte fundamental de ese equipo que quedó grabado: Matias Parras, actual Presidente del Club Giat, y Laureno "chon" Testardini, ahora técnico de Atlético Trenque Lauquen. 


Un pueblo en alerta  

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Me levanto de la cama. Me mojo la cara en el baño. Miro bajo la cama y está el bolso armado, me tranquilizo. Salgo al patio, miro al cielo, es un lindo día. Al rato nomás ya comienzan los nervios. La radio ya no me calma, la tele tampoco, siento que me salgo. Mi vieja me llama para los tallarines y los como casi sin detenerme. A los minutos siento como mi pie golpea contra el asfalto, luego de un pequeño saltito que doy desde la vereda. Siento el bolso que roza en mi cuerpo, y el caminar me tranquiliza. Camino rumbo a la plaza, rumbo al colectivo y los jugadores, y el técnico. Ese día el pueblo está en alerta, hay mucha gente que me espera, como nunca, en la Plaza “Carlos Guazzone”. 


-¿Cómo están para hoy?, ¿Están bien?, me dice la gente mientras avanzo. En poco más de una cuadra, ya me lo dicen dos veces. Sigo. Y pienso: “¿Me pregunta libremente o quieren saber realmente como estoy para hoy?”.  


Llegamos a la cancha. Ahí nomas. De LU11, camino de tierra. Todo me parece mágico. Cada fotograma. Cada imagen la guardo y la guardaré por siempre. La cancha llena. Muchísima gente. Cuando estoy calentando se me rompen los botines negros en el calentamiento. Ale Leguizamón me presta los suyos: unos flamantes Nike de esos que se atan a los costados con almohadillas y donde el calce, siempre da justo.


El partido fue duro. Y esos minutos de espera, infernales. Cuando ganamos sentí que entrabamos en la historia de GIAT. Pude visualizar ese cuadro, esa formación, esa foto que nos hizo entrar en la historia. Y sabernos parte de una alegría que aún no cesa, ni cesará.  


El final es en donde partí 

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Walter Prestifilippo tiene una radio portátil pegada a su oreja. Escucha el partido Huracán- Ferro que aún empatan. El sonido del relator se mezcla con el “Dale Campeón” de la gente, como si mientras más fuerte se lo gritara más posibilidades haya de que se alcance el títuo. Por eso: “Dale Campeón!”, con la garganta estirada a más no poder. De repente se escucha algo que se tarda en procesar. Gol de Rosendo Herrera Riquelme, de Ferro, a los 42 minutos del segundo tiempo. Giat es campeón faltando una fecha. Camina Presti hasta el vestuario, abre la puerta y dice las palabras mágicas. Gabriel Maggi se sorprende rezando. Los jugadores salen corriendo locamente y se trepan al alambrado. Se desata la locura y el festejo. Más papel picado, más petardos, más desahogo.


Escribo estas líneas al calor de los 75 años del Club Giat, y el dato es que el año pasado se fue una de nuestras glorias: el mejor de los nuestros. Contradictorio, andariego, sorprendente, gambeteador y mágico, cuanta magia que cabía en un cuerpo. Nunca paraba de hablar. Cada tanto sobreviene un recuerdo o un sueño: baila cerca del árbol cortado donde se paraba Edgardo “Huevo” Fernández a mirar el partido. Ahí baila, nuestro héroe máximo, emocionado y con los brazos puestos como un bailarín de tango. Sé que bailará por siempre.  


-Donde quieras que estes: ¡Que vamos los azules, Miguel! 

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GIF REMERA CATALEJO

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