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Los blancos de Villegas

Especiales 26 de febrero de 2020 Por NEP Cooperativo
Un cuento de Luciano Lozano (*) para Diario Nep.
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Año 1976. Trenque Lauquen. Provincia de Buenos Aires.

 

En el amanecer 

“Cuentan los abuelos, que hace cien años, una noche sin estrellas, salieron del fortín los milicos más guapos. Iban armados sólo con cuchillo verijero y facón, para montar ligeros, silenciosos. En el monte, dormía la caballada pampa india y toda la hacienda de la tribu de Pincén, el matador de tigres. 

Las vacas mugieron, se alborotaron. Le gritaron a la luna llena sobre el pasto verde, mientras los cuchillos le desgarraban el cogote. Los caballos ni siquiera relincharon. Dicen que ese invierno fue el más bravo de todos. Dicen que la chusma no lo pudo pasar y que los lanceros lloraban al ver a sus mujeres con los pechos delgados y las crías chupándole la vida. Entonces, vino el regimiento de los blancos de Villegas y los borraron para siempre. Ya se sabe, un hombre sin caballo en el desierto, es medio hombre y los indios, hambreados y tristes, fueron poco y nada. A las chinitas las mandaron de sirvientas a la Capital, el resto de la chusma murió y los pocos lanceros vivos, desaparecieron picando piedras en una isla. El bravo Pincén murió viejo, triste, no se sabe donde.

Desde esos años, por las noches, aparece la luz sobre el monte, a llevarse a los cristianos que encuentra a su paso. Las noches de luz mala, es la indiada que viene a vengarse de nosotros”.

- Esta historia, boyerito, tiene cien años ya. Hay otros que cuentan  otras cosas del origen de la luz mala.

-¿Y el pobre de Ignacio? ¿Qué le hizo a esos indios fantasmas?

- Nunca hizo mal a nadie. El comisario López anda diciendo que era un cuatrero, pero son mentiras. Ignacio sólo quería que estemos mejor ¡iba tan contento con el pañuelo que le habían regalado los del sindicato! 

- ¿Era hombre de Pedro Vilches?

- Eso dicen, pero que importa, ellos siempre nos defienden.

- Pero Ezequiel, decime ¿qué pasó el mes pasado? ¿Por qué lo enterraron todo envuelto?

- Fue antes del amanecer, íbamos a salir para agarrar las liebres en los guaches, antes que los perros se las comieran. Como hasta ahora, hacía varios meses que el patrón no nos pagaba y el comisario venía amenazándonos. Teníamos hambre, pero era día de San Bartolomé y no quisimos ir.

- ¿Fue sólo al monte? ¿No le tenía miedo al diablo?

- Siempre se reía de todo, decía que dios y el diablo eran inventos de los curas para no trabajar. Estábamos durmiendo, hasta que nos despertaron los gritos, las risas que traía el viento. 

- ¿El diablo se reía?

- Si, eran risas diabólicas. Nos asomamos por la ventana, aún era de noche. Se veía clarita una luz sobre el monte, parecían faroles blancos entre los árboles negros, verdes. A Ignacio no lo veíamos, pero gritaba y nosotros en el rancho ¡teníamos miedo! Al otro día lo encontramos, no tenía las manos y la cara, por dios, su cara. 

- Y ahora, ¿es su alma en pena la que ronda sobre el monte?

- Silencio Federico, sos muy guacho para estas cosas. 

- ¡No soy guacho! Se enlazar como el que más. 

- Si, si, pero ¡callate! Ya está por amanecer.

- ¿Nos esperan los otros?

- Si, apurate. Allá se ven los caballos en el establo. Ahora va a saber el patrón con quienes se metió. 

Amanece. Corre la tropilla por los campos del sur. Rojas las crines y blanca la cara de la yegua que los amadrina. Esquivan las vizcacheras, rozan sus patas en los cardos violetas y se vuelan las abejas posadas en las flores. Caballos criollos. Trenque Lauquen. De la Colonia a Primera Junta, vadeando laguna salada, que ha vuelto a crecer con la inundación. El monte de eucaliptos en el verde claro de las mañanas, se agita con el rumor del pampero en el final del invierno. Y el sonido de la campana de la yegua se confunde en el tronar del cielo, antes de la lluvia. 

Llovizna en el monte, vacas muertas, sin patas ni lom o, desparramadas en el pasto. Los chimangos picoteando el cuero blanco y negro, la osamenta y los restos de la carne. Vacías las orbitas de los ojos. 

Tras los eucaliptos, sale el boyerito debajo de sus dos chapas, al lado del rancho de los peones. Camina y ríe, al mojar su cara, mirando el cielo. Baila, extendiendo los brazos mientras gira en círculos.  En el monte, patea huesos, busca una taba y asusta a los pájaros. Corre hacia la boya electrificada y espanta a las animales que van hacia los cultivos. Maíz y trigo en el campo argentino. Pastos verdes para el engorde y las vacas lecheras. 

Mañana en la colonia Martín Fierro. Ya en el final de la lluvia. 

Por la mañana

En el casco de la estancia, la casa con tejado de madera y patio con ladrillos colorados.

En la casa de adobe, ella y él. 

La leche en la jarra. Pan con chicharrones sobre la tabla de madera. 

- José, es Matías de nuevo. Ayer a la noche lo escuché en la pieza, creo que hablaba con ese paisanito, el boyero. 

- ¡Basta, Dolores! me han robado la caballada de nuevo, esos indios de mierda. Y andan cuatrereando, destazaron la holando y la Hereford. ¡Me dejaron sin cría, los sabandijas!

- Ya no quedan indios, José. El último que había era ese pobrecito, el indio trompa, que tocaba cada fiesta patria en el pueblo.

- ¡En la rastrillada se ve el polvo! De ahí a Chile van los ladinos. Y no me hables de ese indio, supo degollar cristianos con Namuncurá y hasta tenía un toldo cerca de Beruti, donde se reunía con la chusma.

- Pero José, el nene sigue con fiebre. Tengo miedo de que sea el mal de los rastrojos, en Junín mató a varios, ni los médicos de la Capital pudieron hacer algo. 

- No seas tonta, mujer. Dale aceite de carpincho y que duerma nomás. ¡Esos peones de mierda! piensan que voy a aflojar, pero hasta que no me terminen de levantar la cosecha, van a quedar así, sin nada. Malditos, tienen nombre cristiano, pero a mí no me engañan. Son indios, como sus padres, sus abuelos y sus hijos.

El corral abierto, los huevos en el nido y la letrina de chapa. El nene tras las gallinas y un perro corriendo a la par. Cansado, se sube a la palanca de la bomba de agua que chirría en el hamaqueo. El líquido vertiéndose en el balde de metal.  

Desde el cielo gris, se abaten los chimangos hacia la casa, rodeándola en vuelos rasantes, sobre el techo, el gallinero y el nene que los mira. La mujer corre las cortinas y se santigua.

- De nuevo esos pájaros cantaron toda la noche, anuncian desgracias, José.

- Eso son cosas de indios, Dolores ¿acaso no escuchas al padrecito Juan en los sermones? Apurá el guiso que en un rato viene el comisario López. Y dame la escopeta, vamos a ver para quien es la desgracia. 

Por la tarde

Platos sucios en la mesa. Mantel cuadrille, blanco y rojo. Granos de arroz con salsa y miguitas de pan. Un vaso con un poco de vino y dos vasos con agua. Dolores, rasquetea cada plato con un tenedor, tirando los restos en una bolsa, y los apila en el medio de la mesa. Suspira, al verlos a ellos, botas negras y bigotes recortados, entrar sigilosamente sin sacudirse el barro de las suelas. Baja la mirada y tomando los platos se retira a la cocina, donde hierve el agua en la cacerola. Tres de ellos se quedan en el umbral y él pasa, sin quitarse la gorra.

Ellos dos.

- ¡Comisario! No hacía falta que entraran por la parte de atrás de la estancia, usted siempre es bienvenido.

- Buenas tardes, don José. Que lindo mantel se le ha dado por usar ¿no me andará aflojando? Mire que son momentos difíciles para el país.

- Ah mi mujer, tiene costumbres europeas, usted que es porteño, debe conocer ¿no?

- No se haga el sota, me han dicho que usted baila el tango mejor que un porteño. 

- Así dicen, es cuestión de intentar nomás. El problema de este país, es que los porteños siempre quieren mandar demasiado, haciéndole creer al resto que no sirven para nada. 

- No me joda, Don José. Yo vine a este pueblito de mierda mandado por el Coronel, ¡el mismísimo jefe de la policía provincial!

- Y si, arriba de un milico siempre hay otro milico ¿no?

- Nosotros servimos a la patria, nada más. Ahora vinimos por su llamado, a constituirnos como autoridad, ya que Olazábal anda de franco y ha dejado el destacamento solo.

- Ya se lo decía a mi mujer, milicos eran los de antes, vivían acá y estaban de servicio todo el día y eso que el puesto de policía era un rancho. Cosa curiosa lo que trajo la electrificación de ´73. 

- Cosas curiosas trajo el progreso. Mire, a mi me contaron que en esta estancia anda un patrón preocupándose por los peones, es difícil de creer.

- No soy el patrón, ya lo sabe, soy el mayordomo. Y este asunto es muy delicado, por eso lo he mandado a llamar, Comisario.

- Un peón muerto hace unos días ¿Qué es lo delicado?

- ¡Muerto y descuartizado! ¿Le parece poco?

- Será cosa de ellos, ya sabe, son como animales cuando les falta el alcohol.

- No lo sé, al contrario de estos indios, Ignacio no era de tomar ni andar en líos de polleras.

- ¿Así que conocía bien al “Lechuza” Lombardo? 

- ¿Qué quiere decir?

- Le estoy preguntando, Lombardo era un sujeto que le debía a la justicia varias causas, entre ellas, la de integrar una organización ilegal con fines desestabilizadores. 

- Me habían dicho algo, que se veían en la sede del sindicato en el pueblo y era hombre de Pedro Vilches ¿lo agarraron ya? 

- ¿A Vilches? Ayer se nos escapó por poquito, dicen que Serapio el barrendero le avisó cuando lo íbamos a pescar en la casa. 

- Los del sindicato dicen que ellos resuelven entre todos, que Don Pedro Vilches es uno más.

- Mire, esas son todas pavadas. Este es un país de machos, y gobierna el más fuerte, los que no lo entiendan así, jamás llegaran a nada, ni siquiera a sobrevivir.

- Si, es verdad eso, Comisario. Pero en vez de hablar tanto, usted podría hacer algo ¿no? Lo que realmente me preocupa es que me echen la culpa a mí de la muerte de Ignacio, ¡hay que terminar de levantar la cosecha urgente!

- ¿Le preocupa la peonada? siente simpatías por ellos. 

- Me preocupa la cosecha, comisario, tengo los silos a medio llenar ¿me está acusando de algo?

- Para nada, mi amigo. Me extraña que no diga nada sobre los robos.

- ¡Eso mismo le iba a decir! ¿Cómo sabe? Me falta la caballada y andan cuatrereando. 

- Somos la policía ¿no? Es nuestro deber patriótico saber. 

- Claro, claro. ¿Y que va a hacer?

- Bueno, nos quedaríamos esta noche en la estancia, usted no va a tener problema ¿no? y después procederíamos, sería tonto hacerlo ahora.

- ¿No tiene trabajo en el pueblo? Se van a aburrir hasta mañana.

- Algo hay, pero le damos prioridad a situaciones como esta ¿me entiende? Y no se preocupe, esta noche con los muchachos pensábamos salir a cazar liebres y a algunas alimañas. Por supuesto, no levante la perdiz. 

- ¿Cazar liebres? Si quiere le puedo dar un par de frascos de escabeche, Dolores, mi mujer, lo hace muy rico. Le pone las cebollitas, ajo y limón y ¿adivine que más? ¿Eh? usted que es milico, seguro ni lo descubre, le pone vino, blanco y rosado. Eso le da un gustito especial.

- No lo hubiese adivinado, se ve que su mujer es muy creativa. Le acepto el convite, para no despreciar nomás, me han dicho que la gente de campo es muy testaruda. Pero hoy a la noche vamos a salir igual. Pondremos unas trampas y esperaremos. Si oye ruidos, no se asome. 

- ¿Cómo me va a pedir eso? Tengo una estancia que cuidar  ¡andan cuatreros, crotos! ¿Y lo del peón? 

- Para eso estamos nosotros, no lo olvide. Ya estuvimos hace unos días cazando por la noche ¿no vio la luz en el monte? ¡Agarramos un cimarrón! Muy salvaje, peleó bastante, pero al final quedo tendido. 

- ¿Un perro cimarrón en la zona? Pensé que los habíamos matado a todos.

- Si, un cimarrón. Costó bastante. Mire, esa es la forma, todavía no queremos andar a los tiros por todos lados. Es preciso identificar bien a la presa.

- No le entiendo, Comisario. 

- La liebre es una plaga ¿no? Le gusta robar la cosecha, bueno, eso daña al país. A las alimañas, en estos tiempos, hay que salir a cazarlas de noche. Todos estos bichos son muy parecidos.

- Por lo rápido y escurridizo, dirá usted. 

- Algo así, la diferencia es que las alimañas no se comen, se tiran en cualquier lado para dar el ejemplo ¿me entiende?

- Más o menos, el peludo es fácil de cazar, es cosa de poner unos tambores enterrados cerca de las cuevas. El zorro si, ese es muy bicho, pero con los perros y las escopetas hemos andado bien.

- ¿Usted no estudio, no? Se ve que es de campo, pero le cuesta ver la idea.

- Hasta tercer grado hice, pero se manejar bien el facón, por si se le ofrece.

- No se ofenda, mi amigo. Escúcheme y piense, haga el ejercicio. Las alimañas en el fondo, son como las liebres, siempre corren por el mismo lado y de tanto hacer lo mismo, dejan el surco en la tierra. Y luego la trampa ¿me entiende? 

- Más o menos, yo las cazo con la carabina y el reflector o con los hurones, eso es más divertido.

- ¿Cómo sería eso? 

- Parece que el estudio lo ha dejado corto, comisario. Verá, estos bichos son muy habilidosos y le gusta mucho la carne de liebre. Cuando encontramos varias cuevas, ponemos redes por fuera de cada una y echamos los hurones adentro ¿me entiende? Haga el ejercicio, oficial.

- ¿Vio?, ya nos entendemos. Pero eso no sirve, no podemos levantar mucho la perdiz. Y además, no todas las alimañas lo parecen, algunas lo disimulan bastante bien. Mejor la trampa.

- ¿Trampa? Déjeme que hablo con mis hombres de confianza y ya está. Igual no entiendo porque la policía se preocupa tanto por un campo ¿usted es amigo del patrón?

- ¿Quiénes son los muchachos? 

- Pablo y Martín los puesteros, me ayudan en lo que sea. No me gusta que las cosas tarden, el patrón en la Capital se pone nervioso.

- Es el problema de los patrones, Don José, siempre están lejos, por eso estamos nosotros ¿no?  

- Solo nosotros, comisario.

- Mire, hoy vamos a empezar con unos animalitos mal olientes que atrapamos rondando en la estancia, sin mucha importancia quizás, pero nunca se sabe. Voy a necesitar el galpón y su ayuda, claro.

- ¿Mi ayuda? ¿No le alcanza con los milicos que trajo? Veo que le están dando lindo al diente y sería bueno que dejen de mirar a mi mujer. 

- No me haga reír, don José. Son buenos muchachos y perdóneme, pero su señora bien podría ser mi madre o parte del escabeche ¿me entiende? Todo depende de usted. 

- ¿Me está amenazando, comisario? Yo no le tengo miedo a usted, ni a sus milicos comilones.

- No se altere mi amigo, no le queda bien. Lo espero en el galpón a la tardecita y esta noche, se me queda calladito por acá. Vamos a cazar liebres para comer y alimañas para tirar ¿me entiende?

- ¿Y cómo hará todo eso?

- Es fácil. Por empezar, no es bueno que me vean acá, a nosotros, las alimañas nos huelen. Lo importante es que estos bichos se sientan seguros y sigan haciendo lo mismo. Después va a ser sencillo, como la liebre, con un guache la tenes atrapada del cogote. Y por más que pataleen no van a poder salir, después veremos. 

- Es de poco cristiano todo esto. 

- Mire, en estos días, las alimañas se esconden entre nosotros, hasta podrían parecerse a usted ¿me entiende? Esto empezó hace muchos años ¿nunca oyó hablar de los blancos de Villegas? Algunos dicen que esa, es la verdadera luz mala. 

Por la tardecita

El canto de las ranas que bordean el estanque del molino de viento. Giran las aspas en un rechinar continuo. Sonido a gotas de agua de las ranas rayadas, bichos con lomo castaño claro y bandas color oscuro. Viento en la tardecita verdeoscura y el molino bombeando agua salitrosa, enturbiada por la inundación. Canto de las ranas con panza blanca que comen arañas y esos mosquitos que buscan colarse en la habitación.

En la habitación.

- ¡Hola, Federico! Otra vez golpeando la ventana ¿Por qué siempre venís cuando empieza la noche?

- Sssh. Tenes que abrir despacio la ventana, van a sacarme a patadas sino.

- Mi mamá dijo que cada vez que me llames, no te haga caso y me ponga a rezarle a la virgencita.

- No te voy a hacer nada, Matías, apenas sos un mocoso.

- ¡No soy un mocoso! Papá ya quiere que monte y que deje los pantalones cortos. 

- ¿Escuchas, Matías? Otra vez. Esos ruidos contra las chapas. Es él, golpeando crotos, en el galpón.

- ¿Mi papá? 

- Si. Lo vi por la tarde afilar el facón en la piedra y agitar el rebenque. Llamó a los puesteros y hasta el comisario vino. ¡Pobres infelices!

- Mi papá sabe defenderse, es grande y tiene fuerza.

- Pobre los crotos. Apenas se tienen en pie, del pedo que tienen.

- Pero ellos son malos, roban huevos de nuestro campo y se llevan a los niños que no le rezan a la virgencita. Mamá los espanta con la escoba en las tardes cuando papá se va  por leña al monte.

- Seguro que los va a estaquear hasta mañana.  

- Papá nos cuida, de la luz mala, de los ladrones.

- Nadie puede con la luz mala cuando cae sobre el monte. La semana pasada mató a Ignacio.

- ¡Callate! ¡Vos no sabes nada! Sólo sos un estúpido peoncito. Le voy a contar todo a papá y te va a pegar de nuevo 

- ¡Tonto! Ya no estoy solo, ya no soy un pobre boyerito. Me voy, tengo que avisarles a los otros. Vos chito, eh.

Por la noche 

Crotos dejando la estancia, amorotonados, sin monos ni bagayera, sin olla ni pava. Crotos sin mate, con boina y pañuelo, por caminos rurales, de tierra y arcilla, arrastrando alpargatas negras y rotas. Moretones rojos, violáceos, con forma de macana. Noche cerrada por el monte tupido y en la estancia, la casa de adobe, brillando en la lámpara, repleta de mosquitos.

- ¿No ves, José? El nene está raro. Recién fui a la pieza y acababa de irse el peoncito ese.

- ¿El boyerito? Es un pobre guacho, de lástima le dí lugar para que no se haga croto. Debe estar contento, todo el día en la matera calentándose en el brasero con bosta de vaca. Espero que no termine como las otras sabandijas.

- Pero, José ¿no les dejas sacar leña? 

- ¡Nada! Ni un palo de eucalipto, hasta que no terminen la cosecha. Y si es necesario los voy a correr a cintazos.

- Mi hermana me dijo que en el pueblo se escuchan noticias de la Capital y que la gente liera se esfuma en el aire, cosa de mandinga, digo yo.

- ¿Desaparecen? Mi tata siempre lo decía, este suelo es generoso, nos da sus frutos y alimenta a los animales, pero nunca te olvides, llegado el momento, esta tierra mastica los huesos de los que la miran al revés.

-. Hablas como el cura, José, y eso que apenas fuiste a la escuela.

- ¿Cuál fue mi escuela? el tata en el campo y mi vieja en la cocina, atizando las brasas para que no se enfríe el guiso, los crotos en los caminos y los peones en la cosecha.

- ¿Y a tu hijo? ¿Qué le enseñas? Hablas mucho, pero Matías practica solo el baile para la fiesta de la escuela, donde la señorita Mabel lo espera.

- Tenes razón. ¡Vení Matías! Sacate las alpargatas ¡te voy a enseñar a sacarle viruta al piso!

Suena un piano, Dolores sube el volumen de la radio en el rincón. José, se quita la boina negra y entrelazando sus dedos en el pelo, se peina para el costado. Luego, le señala a Matías que le pise el pie derecho con su pie izquierdo. El nene mira confundido y lo hace con timidez. Suena un tango. Ya la noche y los retazos de la luna, tras las nubes, veteando la casa y las sombras de los peones que corren en el frío del monte. Peones con molotov. Aromas de eucalipto, menta, bosta de vaca y miedo. Silos de chapa a medio llenar. Matías y José, extienden sus brazos hacia el frente de cada uno. José lo toma por la espalda y lo acerca a su pecho, y le sonríe Con las gurisas, esto es lo más importante ¿me oye? Matías ríe y doblando levemente las piernas, toma impulso contra el piso y acomoda su pie derecho sobre el pie izquierdo de José, quedando sin tocar el piso. Eso es lo principal, la confianza. Música de guitarras y bandoneones. Tango en el campo argentino. Luces blancas entre los eucaliptos y los sauces, tras los pasos oscuros de los peones. Liebres, zorros y peludos escapando de los hurones azulados en la noche. José y Matías flexionan y levantan alternadamente cada par de pies, sin despegarlos. Giran en círculos, juntos, acentuando los pasos y la velocidad Siga la música y de a poquito, con la mirada fija, le apoya la mejilla la cara a la gurisa, siempre derechito. Dolores sonríe y tararea, aplaudiendo. En el fin de la canción, José toma a Matías de las axilas y lo alza por encima de su cabeza. Se abrazan.

Afuera, risas diabólicas que trae el pampero. Chispazos de fuego en la noche. Arden los silos con trigo, maíz. Y las liebres, esquivan los guaches en la huida, corren con espaldas encorvadas y patas traseras extendidas en la fuerza del empuje. Orejas tensas y perpendiculares, atentas. En saltos amplios, olfatean el viento en busca de un refugio, lejos de los hocicos de los perros cazadores, las escopetas. Y en una lluvia fina, la luz mala cubre el monte, como un regimiento de soldados, en un avance irremediable que inunda el pasto verde, hace brillar el cráneo de las vacas muertas y se abate tras las alimañas y todo bicho suelto.

                                                                                            Fin

 (*) Trabajador Social. Trenquelauquense, actualmente reside en El Bolsón.

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