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El Camino

Poesía 09 de noviembre de 2019 Por
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Mi porte no es el de un roble, mas diría que el de un matorral. 
No soy roca gigante que detiene olas de dolor a la orilla de ciertos baños de sangre.
Soy cobarde hasta en los huesos.

Tengo miedo como el ambiente tritura hasta las sombras. 
Tengo miedo como arden los ríos, tengo miedo del llanto ácido de los lagos.
Tengo miedo de traspasar los bordes marcados, de arrancar las estacas hechas decretos y ordenanzas que justifican las matanzas.
Tengo miedo. Sin embargo, sigo corriendo a su encuentro. Sin embargo, sigo desafiándome a mí mismo.

Toda la maldad cubierta de plomo, de garrotes y de hiedra escondida en la bruma, me grita que me vaya, que me esconda bajo mi cama. Que no diga nada, que acepte mi destino, nuestro sino, los caminos trazados en sus mapas.

Y la mediocridad me jalona hacia atrás, mis egoísmos me abofetean el rostro, intereses mezquinos trancan las puertas de mi casa. La indiferencia y la indolencia son cortinas que cubren las ventanas.
Tengo miedo. Mientras otros, sin siquiera zapatos caminan los caminos de las espinas de metal. Cuando el hueso desafía los sables, cuando la carne desafía los disparos.

Y dolores inconclusos, espasmos de impotencia, temblores de rabia estallan dentro de mí.
Tengo miedo, más yo sigo corriendo a su encuentro. Tengo miedo, más yo sigo desafiando al miedo. Tengo miedo, más yo sigo desafiándome a mí mismo, desafiándolos.

Y es que yo no quiero más cenicientas en mi pueblo, ni tiranos que adornen castillos con su dulzura.
Ni niños, ni jóvenes que las oficien de esclavos ante el calzado dorado de los dueños de los caminos.
Ni señores, ni generales que escupan nuestras aldeas.
No quiero sentirme un extraño en mi propia casa. Un allegado en mi propia tierra.
No quiero escuchar el llanto de los míos, no quiero acostarme sin sentir que no he hecho nada. No quiero que mi boca tenga siempre sabor a despedida.

Tengo miedo de huesos, besos y cerezos que jamás florecerán.
Tengo miedo, sin embargo, sigo corriendo a su encuentro.
Tengo miedo, más yo sigo desafiando a la muerte.
Y entonces, abrazo mis dedos a las palmas. Desenvaino mi bravura escondida. 
Mil nombres se posan sobre mi nombre, mil rostros atisban desde mis ojos, agudizan mis miradas. Alguien sonríe dentro de mí y besa mi frente.

Y crujen mis huesos de abuelos muertos, de hermanos cercenados y excluidos, de mujeres violadas desterradas y encarceladas.
Los árboles me prestan sus brazos, las piedras cabalgan sobre mis manos.
Voy desafiando al viento y a todos los tormentos.
Avanzo entre garrotes y balas, arraigado a la madera de mi corazón, esa que arde ante todas las injusticias. Arde en barricadas y besos que nunca serán lanzados, de miradas cortadas a escopetazo, tanque, y desprecios.
Tengo miedo, pero…

Cuando corro hacia ellos, no me reconozco. Van corriendo dentro de mí, todos los que corrieron primero. Dentro de esa neblina blanca que arrojan, que me viola hasta llorar.
Me besan bocas que no conozco, me devuelven el respiro. Me levantan brazos fuertes de incógnitos amigos, de hermanos y rostros clandestinos.
Y no estoy solo, veo como un ejército de espectros empuja los escudos conmigo. Milicias de fantasmas olvidados emergen de los ríos, de las copas de los árboles, de los pastos y estrechan sus manos a las nuestras y dos mundos se unen y se funden contra la brutalidad y la avaricia.

Voy corriendo hacia ellos y no me reconozco. Van corriendo dentro de mí, todos los que corrieron primero.

Y me veo tendido en el pasto, en los campos, en las calles sangrando suspiros.
Me veo recostado quemando las piedras con la sangre de mis antepasados.
Miro mis manos y no son las mismas. Mi cuerpo ha quedado, abonando los jardines que tiñen de amapolas amarantas y arco iris negro las banderas.

Tengo miedo, pero aún sigo corriendo.
Porque me repito en los que aún siguen corriendo. 
Porque me repito en los que aún siguen soñando. 
Porque esta es la inmortalidad.
Porque me repito en los que luchan. 
Porque me repito en los postergados.
Porque me repito en todos aquellos que aún siguen cayendo.
Toda la injusticia me levanta de entre los muertos.
Nudillos de niños golpean mi tumba.
Los abismos desaparecen. Las distancias se acortan.
Las voces escondidas, censuradas y prohibidas me desentierran.
Grito, canto y bandera me traen de vuelta.
Y beso bocas que no conozco, devuelvo los respiros. Levanto a los caídos.
Porque ya no tengo miedo, porque ahora sé, cuál es el camino.

Para Prensa Opal: Andrés Bianque Squadracci.

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