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Un mar de jóvenes, amor y memorias

Derechos Humanos 08 de noviembre de 2019 Por
Se lleva adelante en el complejo turístico de Chapadmalal, un nuevo encuentro de Jóvenes y Memoria, que como todos los años cuenta con participación de escuelas de Trenque Lauquen. La organización y las ternuras en la agenda de las juventudes.
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Por Leticia Badino

Hacemos cola para registraros. Hacemos cola para que nos den las llaves de las habitaciones. Hacemos cola para comer. Hacemos cola para bañarnos (con agua fría). Y no nos importa.

Hay un montón de chicos y chicas por todos lados. Juegan a la pelota. Se sacan fotos. Escuchan música. Y toman mate. Miles y miles de mates.

“Fui a ver el museo de Evita y me crucé un montón de gendarmes. Están acá nomás, a unos pasos. Me miraban todo el tiempo. Fue muy incómodo”, cuenta una compañera. Un montón de gendarmes a metros de 700 pibes y pibas que están ahí para hablar de violencia institucional, de fábricas recuperadas, de pobreza planificada, de embarazos no deseados, de desaparecidos, de Malvinas, de historias de resistencia. Ahí. En Chapadmalal. En los hoteles que construyó el peronismo para que vacacionaran los trabajadores.  Todo signo.

“A mí lo que más me gusta de venir acá es que veo que a todos nosotros nos pasa más o menos lo mismo. Y que tenemos que organizarnos y hacer algo” escucho que le dice una chica a su amiga.

A la noche, me cruzo con dos profesores en la escalera. Uno le dice al otro “nos queda para una hora, mínimo”. Van tratando de calcular cuándo se cansarán sus chicos. Pero sonríen.

En el auditorio, un pibe cierra la presentación de su grupo levantando un puño, mientras dice fuerte “Viva la escuela pública”.

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Escucho que alguien llora unos pasos más allá del cigarrillo nocturno que fumo junto a la puerta. Está fresco y se escucha a lo lejos la potencia del mar. Me acerco de a poco y veo que es un chico. Me siento con él y le pregunto si está bien. No sabe qué le pasa, me dice. Todo está bien, pero él llora. Hago algunas preguntas de rutina para distraerlo, y después insisto: ¿Estás bien? “Sí, estoy bien”, dice, y llora. “Es que mi pensamiento es diferente”. Me pongo alerta, qué será eso diferente de lo que habla, algo que al parecer no encaja o está mal. ¿Por qué diferente?, pregunto. “Porque yo soy marxista”, me dice. Reprimiendo la sonrisa le aseguro que mucha gente es marxista, y lo miro con ternura. “Es que mis amigos no quieren escucharme, y acá hay tanto reggaeton”.

Estamos tan de acuerdo. Un millón de parlantes y demasiado reggaeton. “Pero hoy, en nuestra presentación leí un poema que escribí, y todos me aplaudieron”, dice. Y entonces sonríe. Y le digo que me alegra mucho, y que para todos es tan importante tener la oportunidad de ser escuchados. También le digo que hay que aprender a relajarse. A pasar el rato. Que reírse por nada y escuchar reggaeton puede ser una buena opción para aprender a simplemente estar, sin tantos pensamientos. Él ya sonríe. Me dice de dónde viene, me dice el nombre de su profe. Me dice que tiene novia y que vino con ella. Me dice que se llama Damián, que está haciendo sociología en el CBC y que le encanta. Otra cosa en la que estamos de acuerdo. Después se levanta. Nos damos un beso, y él me abraza suave, con cuidado. “Un gusto”, me dice, y se aleja despacito.

El mar sigue sonando, gigante. No lo veo desde donde estoy. No puedo descifrar qué está diciendo. Pero hace olas sobre reggaetones absurdos. Y creo que se caga de risa. Sí. Una risa de alegría de patas descalzas en la arena. Se está riendo conmigo.

(*) Profesora de Comunicación. Integró la delegación de la Escuela Secundaria 8 en el último encuentro de cierre de Jóvenes y Memoria, que se realiza en Chapadmalal.

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