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¿Sirve el debate presidencial?

Información General 21 de octubre de 2019 Por
Anoche en la UBA sucedió el último debate presidencial que dejó gusto a muy poco. Chicanas varias, cruces exagerados, búsqueda del like y el retweet -hubo una amenaza ao vivo- se impusieron a la presentación de ideas y argumentos sólidos para un país que atraviesa su peor crisis económica en décadas. ¿Se puede desarrollar una idea en sólo 2 minutos? ¿Sirve para algo el deabate presidencial?

Por Jorge Cornejo/ Periodista

Chicanas, dedos acusadores, miradas de rufianes y tímidas vendettas ganaron el debate antes de las elecciones del próximo 27 de octubre. En un poco más de dos horas se intentó trazar ejes políticos que terminaron en la abulia mediática.


Como esos eventos que deseamos que pasen para poder hablar de otro tema, así dejamos pasar el debate de ayer los incrédulos. La magia publicitaria reunió a cinco candidatos presidenciales, detrás de un atril, -podría haber sido la barra de un bar o la mesa playera de algún kiosco de barrio-, en una universidad de renombre y todos los medios de comunicación de importancia en audiencia. Nada cambió del primer mach de hace algunas semanas. Aunque esta vez se le adjudica al candidato de la izquierda el triunfo retórico por sobre el resto de sus compañeros de debate. Los candidatos de la derecha calva reafirmaron, sin necesidad ideológica, sus argumentos fascistoides, Lavagna pidió una concertación antes de que suene la chicharra, el candidato del Frente de Todos sonrió y agradeció varias veces, y Mauricio Macri en su mundo onírico nos tiró al descuido un subtexto en palabras de Guy Debord: “En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso.”


El minuto a minuto y la medición de audiencia dan señales del éxito del debate, en términos de espectáculo. Esto promete, se relamen los organizadores que chequeaban google para medir qué buscaban los usuarios de internet anoche al momento del debate: otros debates presidenciales. Más, la audiencia pide más. 

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Alberto Fernández se había preguntado, unos días antes del primer debate, de qué sirve debatir con alguien que miente. Esta pegunta echa por tierra los análisis sesudos de los analistas que se refugian en la comunicación corporal como un único bastión de certezas. Mala suerte para las plataformas electorales.


Hablemos de cambiar el voto. En este club del trueque del soberano confundido, Mauricio Macri habría perdidos votos a manos de José Luis Espert, al momento de amenazar a Grobois o de Juan José Gómez Centurión en cualquiera de sus alocuciones antiderechos. Del costado más de izquierda del Frente de Todos habrían dado un paso al frente, llamados por Nicolás Del Caño, que prometió reducir el tiempo de trabajo a la mitad y aumentar la cantidad de trabajadores sin dar ninguna explicación al respecto. 


La consigan del debate hacía mención a un elector informado. La información venía desde el discurso, claro, pero también desde los movimientos de cámara, los primeros planos y las miradas de soslayos de los candidatos al momento de dejar caer alguna chicana. Nada de comunicación responsable entre unos y otros. 


Difícil establecer qué nos merecemos en términos de debates. O sí realmente este tipo de debates nos muestran los proyectos políticos reales o si por el contrario tenemos que dejarnos llevar por la espectacularidad de la televisión. Quizás es solo un programa de televisión.

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