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Ya nada sería como entonces

Especiales 17 de octubre de 2019 Por
Una sola clase de hombres y mujeres, los que trabajan, irrumpía caótica, desordenada y alegremente rompiendo los moldes de la vieja dirigencia obrera. Una juventud poblada de morochos y morochas, esas cabecitas negras que junto a Perón cambiaron la Argentina definitivamente.

Por José Luis "pepe" Berra/ Periodista y Escritor. 

Los obreros cruzando a nado el Riachuelo. Avanzando desde el conurbano. Los esperaba la plaza de Todos. Descamisados. Gritando “¡Queremos a Perón!”. Las patas en la fuente. Los milicos asustados. Los oligarcas desconcertados. La izquierda desconectada. El líder en el balcón. El amor que nunca se olvidará. Evita. Algunas de las imágenes que nos remiten a ese histórico día que paría un nuevo país. Una sola clase de hombres y mujeres, los que trabajan, irrumpía caótica, desordenada y alegremente rompiendo los moldes de la vieja dirigencia obrera. Una juventud poblada de morochos y morochas, esas cabecitas negras que junto a Perón cambiaron la Argentina definitivamente.


Pero, ¿cómo se vivió en Rosario aquella jornada, lejos del epicentro de los hechos? El ’45 fue un año conflictivo. Sindicatos reclamando por salarios y condiciones en el ámbito laboral. Un Estado, a través de la Secretaría de Trabajo y Previsión, que otorgaba y resguardaba derechos a los trabajadores. Y las patronales que se resistían. Tanto la Bolsa de Comercio de Rosario como la Sociedad Rural serán el ariete, en la región, del rechazo a esta intromisión del Estado en las relaciones laborales.


La oposición a las políticas sociales de Perón por parte de los poderosos, resquebraja el frente interno del gobierno; el general Farrell termina pidiéndole la renuncia a un ascendente Perón y mandándolo confinado, unos días después, a Martín García. Era el 9 de octubre. Ese mismo día, en la ciudad, estaba previsto un lockout de los patrones, donde las llamadas “Fuerzas vivas”, bajo el paraguas de la restauración democrática, pedían el final de esas políticas populistas fundamentalmente encarnadas por el coronel Perón. Enterarse de su destitución, generó la gran algarabía “con que recibieron el extraordinario acontecimiento” los participantes de la marcha, según el diario La Capital que también agrega: “En el centro de la ciudad y en todos los barrios populares esta noche se reprodujeron las reuniones callejeras improvisadas donde la renuncia de Perón fue el tema exclusivo de los comentarios”. Claro que el tenor de las conversaciones sería diferente. De un lado, alivio y satisfacción; “¡Lo echamos!” “Ya se fue” (diario Tribuna), dirán y del otro, en ese subsuelo del que hablaba Scalabrini, desazón e inquietud, bronca mascullando efervescencia. Los trabajos de parto del 17 de octubre comenzaban.


La renuncia de Perón arrastró al resto del gabinete. El 12 de octubre hubo un tibio contraataque de los obreros peronistas. Aprovechando la visita del ex ministro de Hacienda, Armando Antille (un radical que conformaría posteriormente el partido peronista), lo esperaron, en la estación del ferrocarril, al grito de “Reviente quien reviente, Perón presidente” (diario El Litoral de Santa Fe) y pancartas con la foto del coronel del pueblo. Los actos siguieron con una manifestación obrera frente a la Jefatura de Policía, donde el propio Antille compartía un almuerzo con el jefe policial. Mientras tanto, en Buenos Aires, el presidente Farrell le encomendaba al Procurador General de la Nación, el doctor Juan Álvarez, la nominación de los ministros civiles del próximo gabinete. Tan poco olfato político tendrá el historiador de Rosario, que propuso a conocidos e influyentes personajes de la casta aristocrática, justo en el momento que se estaba gestando la movilización popular que conmovió al país. Como contará su amigo -aunque antagonista político-, Manuel Gálvez: “Lo abracé, como acompañándolo en su desgraciada aventura política. No le reproché el haberse metido en eso –yo tenía ideas opuestas a las suyas-, pero sí el ministerio compuesto por oligarcas, a los que el país rechazaba”.

No fue solamente el desdichado doctor Álvarez quien no podía dar cuenta de la nueva situación política y social del país; esa señora miope de la vieja política, constituida por la prensa, los partidos políticos, la izquierda dogmática, las estructuras sindicales, la universidad y, en general, las instituciones formadoras de la Argentina “granero del mundo”, tampoco pudieron ver ese nuevo país que se abría paso y recibieron como un baldazo de agua fría los sucesos del 17 de octubre. No comprendían ni interpretaban lo que estaba fermentando por fuera de las avenidas de las principales urbes.

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El 17 tuvo un único protagonista: el pueblo trabajador, que confió en sus propias fuerzas y en su líder. Ni siquiera la dirigencia cegetista, quedando fuera de tiempo al convocar a un paro para el día después en que tambaleó la Argentina. El sindicato rosarino de la Carne tuvo un singular protagonismo, tanto en las discusiones para promover la movilización del 17 como en las del paro general dispuesto para el 18. Desde Pueblo Nuevo, Saladillo, Villa Manuelita y Tablada llegaban las columnas del sur hacia el centro de la ciudad. Fueron dos días de movilización popular, uno espontáneo por “sobre la cabeza de los dirigentes” y el otro más orgánico, “con los dirigentes a la cabeza”.


Más allá de las transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales que trajo el 17 de octubre, hay dos hechos disruptivos que merecen destacarse. Por un lado, la juventud de los participantes, seguramente vinculada a esa nueva clase trabajadora llegada desde lo más profundo del territorio nacional para incorporarse al incipiente proceso de industrialización y, por otro, una nueva cultura que acompañará a los reclamos y movilizaciones, incorporando lo popular y la alegría, dejando de lado la solemnidad y las banderas rojas del internacionalismo para poner de realce una simbología mucho más familiar a las vivencias del pueblo: el gaucho, el bombo, la vestimenta, las canciones, el baile, las pintadas con tizón.


Lo refleja el diario La Capital en su edición del 19/10/1945: “La mayoría del público que desfiló en las más diversas columnas por las calles lo hacía en mangas de camisa. Vióse a hombres vestidos de gauchos y a mujeres de paisanas (…) muchachos que transformaron las avenidas y plazas en pistas de patinaje y hombre y mujeres vestidos estrafalariamente, portando retratos de Perón y escarapelas prendidas a sus ropas y afiches y carteles. Hombres a caballo y jóvenes en bicicleta, ostentando vestimentas chillonas, cantaban estribillos y prorrumpían a los gritos” y agrega: “Bailaban en torno de una efigie de Perón, a la par que proferían cánticos burlescos contra la prensa, las universidades y la democracia”. O más amargamente, el periódico La Vanguardia se preguntará: “¿Qué obrero argentino actúa en una manifestación en demanda de sus derechos como lo haría en un desfile de carnaval?”.


Lo refleja don Arturo Jauretche magistralmente: "El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con tristeza”. El viejo país estaba definitivamente roto. Ya nada sería como entonces.

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