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La mazorca celestial del Tata Dios

Especiales 28 de septiembre de 2019 Por
Una matanza que, bajo la piel de un fundamentalismo religioso, esconde toda una trama de xenofobia, disputas de intereses y proyectos políticos, abusos, discriminación y prejuicios. También de marginalidad, como lo explicó uno de los abogados defensores de los sublevados: “Al gaucho de Buenos Aires nadie lo protege, antes bien se le persigue para enviarlo a la guerra o a la frontera”.
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Por José Luis "pepe" Berra /Periodista y Escritor


La última noche del año 1871 encontró a la feligresía de Tata Dios bebiendo profusamente y a la espera de la llegada del Reino del Señor. La nueva sociedad emergería en las barbas mismas de la piedra movediza tras un cataclismo que dejaría la ciudad bajo el agua. Pero no todos pasarían por el ojo de la aguja del nuevo Reino, los extranjeros y los masones deberían inmolarse en el averno porque el edén estaba reservado sólo para argentinos. Así de simple desparramaba la palabra don Gerónimo Solané, el que se decía enviado de Dios.


Eran tiempos del posrrosismo y las ideas liberales. Tandil, un pueblo del interior bonaerense, se codeaba con la prosperidad. La frontera contra el indio se había corrido hacia el sur y comenzaban a arribar los inmigrantes europeos, a cambio de tierras para cultivar y buenas artes para comerciar. El poblado contaba además con hoteles y restaurantes que invitaban a la posta de los viajeros. Sin embargo, esa oleada de modernidad y extranjería no era tan bienvenida por los ganaderos y la peonada rural, acuñados en las ideas del Restaurador de las Leyes. Los gauchos andaban poniendo el cuero en las guerras patrias o contra los infieles para que otros obtuvieran los beneficios. En esa desconfianza, Tata Dios encontró el maná para su prédica.


Solané, entrerriano de origen, dicen que había adquirido su fama de milagrero en Rosario, donde fue corrido por la ley. Acusado de curandero, inicia un largo éxodo que lo llevó hacia el norte hasta Bolivia y hacia el sur hasta Azul, donde terminó con sus huesos en la cárcel por ejercicio ilegal de la medicina. De allí lo rescató un poderoso hacendado de la zona de Tandil para dar cura a un insoportable dolor de cabeza de su esposa. Tata Dios instaló su campamento dentro de la estancia La Argentina, propiedad de su mentor. Al poco tiempo, la toldería se había convertido en santuario y la voz de Solané repicaba potente en los oídos del gauchaje.


A las 3,30 del nuevo año, uno de los apóstoles de Tata Dios, Jacinto Pérez, conocido como el Adivino, creyó recibir la señal divina. El fin de los tiempos se acercaba inexorable. Al mando de una partida de mazorqueros celestiales, bajo el distintivo rojo punzó, y al grito de “Viva la Religión” y “Muerte a los gringos y masones”, marchó hacia el pueblo, que descansaba apacible de los festejos de fin de año. El juzgado fue tomado por los insurrectos, redujeron sin violencia a los dos policías de guardia, liberaron al indio Nicolás, único preso del lugar, y se hicieron de unos pocos sables.


En la plaza principal se cruzaron con el organillero del pueblo, un desafortunado italiano. La turba se le fue encima y lo pasó a degüello. En la Plaza de las Carretas, nueve vascos corrieron la misma suerte. En la estancia de Thompson continuó el sangriento periplo. El último punto fue el hospedaje, pulpería y almacén de ramos generales del vasco Chapar a 25 km. de Tandil. Toda su familia –incluidos una niña de 5 años y un bebé de 4 meses-, empleados y pasajeros fueron degollados. Entre los bandidos seguramente había algunos deudores del boliche porque, sospechosamente, desapareció el libro contable. En total fueron 36 linchamientos ofrendados por los arcángeles del sanador Tata Dios.


Inmediatamente se organizó una partida de la milicada en busca de los insurgentes. Tata Dios fue detenido en su rancho, engrillado y trasladado a la cárcel. El viejo Pérez y otros diez son muertos en combate en las cercanías de un arroyo, otros doce son detenidos y el resto se dispersa por las serranías del lugar. El Ejército de Salvación de la argentinidad culminaba su raid en franca desbandada.


A pesar de alegar siempre su inocencia de los hechos fatales, no duró mucho Tata Dios en su celda. La noche de Reyes, aquel hombre que se reconocía como un profeta pero al que le endilgaban ser un brujo curandero, recibió -mientras dormía- una certera descarga de perdigones. Dos disparos retumbaron en el calabozo. Todos apuntaron al Tuerto Lavallén como su matador pero siempre hubo dudas de esta versión. La investigación abierta no pudo dar con ningún culpable.


De los detenidos, sólo tres fueron condenados a muerte. Uno falleció en la cárcel antes de cumplirse la pena capital. El 13 de setiembre de 1872, Cruz Gutiérrez y Esteban Lazarte se enfrentaron al pelotón de fusilamiento. El último grito de Gutiérrez fue “Viva la Patria”; mientras que Lazarte pidió como deseo final que su cuerpo “vivo o muerto no fuese tocado por ningún gringo”.


En el museo histórico, la manta que cubría a Tata Dios con sus nueve orificios de bala y el expediente del juicio son los pocos testigos que quedan de la locura de ese principio de año en Tandil. Una matanza que, bajo la piel de un fundamentalismo religioso, esconde toda una trama de xenofobia, disputas de intereses y proyectos políticos, abusos, discriminación y prejuicios. También de marginalidad, como lo explicó uno de los abogados defensores de los sublevados: “Al gaucho de Buenos Aires nadie lo protege, antes bien se le persigue para enviarlo a la guerra o a la frontera”.

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