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Cuando Sarmiento mandó a meter bala contra dos escuelas

Especiales 28 de julio de 2019 Por
Paradojas de la historia, “Gloria y Loor, honra sin par” para el gran educador que mandó a meter balas contra los muros de dos escuelas, una rosarina y otra entrerriana. Pero, tal vez, la mayor incongruencia sea que la Escuela de Enseñanza Media Nº 430 (así se llama hoy el colegio Nacional Nº 1) lleve el nombre de “Domingo Faustino Sarmiento”, el mismo que la mandó a ametrallar. Las derrotas de los pueblos siempre tienen consecuencias.

Por José Luis "pepe" Berra/ Periodista y Escritor.  

El buque a vapor Emilia avanza tranquilamente por aguas del Paraná. En la cubierta el presidente Sarmiento está abstraído del paisaje. Se muestra ansioso, de ninguna manera preocupado. Quiere llegar a destino: la capital entrerriana y terminar, de una vez por todas, con la sublevación jordanista. Sólo lo inquieta que sus generales no hayan atacado aún. Por eso, va en persona. Lleva, además, una carga letal: las flamantes ametralladoras Gatling, compradas en los Estados Unidos. Se usarán, junto a los Remington a repetición y los cañones Krupp, para la masacre.


Corría el mes de noviembre de 1873. La segunda insurrección de López Jordán atentaba contra la idea “pacificadora” de un país sin montoneras. La táctica jordanista molestaba a los “nacionales”. El mayor Fotheringham, apodado el Inglesito, lo cuenta en sus memorias: “El enemigo estaba bien montado, como a entrerrianos corresponde, formaba un ejército revoloteador: estaba aquí, allí, en todas partes y buscándolo no se lo hallaba en ninguna. Grandes carneadores de reses ajenas y buenos jinetes de lanza a fondo. Difícil de encontrar y por lo tanto de vencer”. Sarmiento sabía que a esa llamarada había que apagarla prontamente. Evitar que se propague, aumentaría su prestigio. Al partir de Buenos Aires prometió terminar con la revolución en un mes. Llevaba a bordo las armas que definirían la guerra.


Por aquellos años, la pequeña villa del Rosario dejaba definitivamente paso a una ciudad cuyo principal potencial era el puerto y, a su cobijo, crecía un floreciente comercio. En pocos años triplicó su cantidad de habitantes, pasando de algo menos de 10 mil a 30 mil. Sin embargo, no tenía escuela pública de nivel secundario. Sólo había un establecimiento religioso, el colegio Santa Rosa. Tras idas y venidas, sobre cesión de terrenos, subvención de fondos y políticas educativas, el colegio Nacional de Rosario, autorizado por ley en 1868, recién comenzó a levantarse casi un lustro después de sancionada la misma.


Así estaban las cosas ese 18 de noviembre, cuando en el puerto de Rosario amarraba el vapor en el que venía el presidente y el Colegio Nacional apenas tenía edificado un extenso paredón. El “loco” Sarmiento estaba ávido de probar sus nuevos chiches. Al poner pies en tierra, mandó a que le busquen “una muralla larga, con frente despejada, sin casas ni gente detrás”. El colegio cumplía con esos requisitos. Fue él mismo quien se encargó de dirigir el ritual que había pergeñado. Convocó a las principales personalidades de la sociedad rosarina y puso en marcha el operativo. Las dos ametralladoras descerrajaron su batería contra los muros del futuro establecimiento educativo, ante la atónita y desaprobadora mirada de los rosarinos que no entendían el gesto presidencial.


El sanjuanino, por un momento, mutó su gesto adusto y dibujó una sonrisa al ver en acción su obra. Ahora sí estaba seguro de cumplir su promesa de acabar con el indomable de López Jordán. La advertencia para el enemigo estaba hecha. También por si alguna mente alocada de la ciudad pretendía sumarse a la insurrección. Las nuevas armas a repetición echaban por tierra la maniobra de las montoneras que aprovechaban el momento de la carga de los fusiles para arremeter con sus lanzas sobre el adversario. No ahorraría sangre de gauchos. 

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Al día siguiente, repitió la ceremonia contra los muros del colegio Normal de Paraná, al arribo a la capital de Entre Ríos. Años antes, ese mismo colegio supo operar como cuartel general de Urquiza. En aquel entonces, don Domingo Faustino aconsejó a Mitre “incluirlo en el plan incendiario de su carta de Pavón”. Al fin, satisfizo con balas no lo que no pudo con fuego. 


Un año después, la ciudad de Rosario inauguraba su primera casa educativa secundaria: el Colegio Nacional Nº 1. Sus paredes habían sido cuidadosamente restauradas para que no quedaran indicios de la barbarie presidencial.


Paradojas de la historia, “Gloria y Loor, honra sin par” para el gran educador que mandó a meter balas contra los muros de dos escuelas, una rosarina y otra entrerriana. Pero, tal vez, la mayor incongruencia sea que la Escuela de Enseñanza Media Nº 430 (así se llama hoy el colegio Nacional Nº 1) lleve el nombre de “Domingo Faustino Sarmiento”, el mismo que la mandó a ametrallar. Las derrotas de los pueblos siempre tienen consecuencias.

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