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Como murió el último caudillo montonero (y Federal)

Especiales 30 de junio de 2019 Por José Luis "pepe" Berra
DE CUANDO LA OLIGARQUÍA TIRABA MANTECA AL TECHO Pepe Berra revisa y recrea minuciosamente los últimos minutos del caudillo montonero Ricardo Lopez Jordan. Antes preso: porque le endilgaban el asesinato de JJ Urquiza, y luego del exilio la oligarquía se la tenía jurada. En la historia, y más precisamente en el siglo XIX, hay muchas claves para entender el presente. De como era eso de una grieta de veras.
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Por José Luis "pepe" Berra/ Periodista y escritor. 

El anciano marchaba a paso lento. Miraba la geografía de la ciudad a la que tanto había combatido y hoy lo cobijaba. Definitivamente todo había cambiado. La arquitectura afrancesada, los modos liberales, el país de las vacas y los granos postraba el desarrollo del interior. La patria era el puerto y él era el último de una estirpe derrotada. Por Arenales caminaba ese mediodía el otrora general Ricardo López Jordán.


Hacía menos de un año que lo habían amnistiado del forzado exilio en la Banda Oriental. Luego de su derrota en Alcaracito, cuando sus soldados sufrieron el repiqueteo de los Remington a repetición y los cañones Krupp del llamado ejército “nacional”, una traición permitió que lo hicieran prisionero. Lo tenían engrillado en Paraná pero el temor a una revuelta popular más la falta de parcialidad del juez, hicieron que, un día de Reyes de 1878, recalara en la prisión de la Capitanía del Puerto de Rosario. Unos meses después, el río marrón se vino bravo, en una de sus crecidas extraordinarias, fue arrasando con todo lo que había sobre su ribera. La creciente inundó la Capitanía y puso en peligro de derrumbe a sus cimientos. El personal y el único preso fueron trasladados a los altos del viejo edificio de la Aduana, seguros sobre la barranca.


Mientras el juez Zuviría le niega la excarcelación bajo fianza, los continuos rumores de “amenazas de nuevos disturbios” para liberar al sobrino de Pancho Ramirez hacen que el Capitán del Puerto pida desesperadamente mayor personal para su custodia. Después de más un año sin novedades, esas amenazas parecían haber quedado en el olvido. Sin embargo, en la fría y neblinosa tarde del 11 de agosto de 1879, el general recibirá –como sucedía habitualmente- la visita de su esposa Dolores Puig y de algunas de sus hijas. En las sombras del crepúsculo, las visitas se retiran. Arropado como una mujer, ante las narices de un oficial y 22 marineros, don Ricardo López Jordán se escapa de sus verdugos. En la calle, un viejo y leal amigo, oficial de su ejército desperdigado, el Indio Pedro Romero, lo espera para ayudarlo en su huida. Recién al día siguiente, se anoticiarán de la fuga. En la celda esperaba solitaria y apesadumbrada doña Lola.


El rumbo tomado por el último caudillo montonero es un verdadero misterio para las autoridades y los diarios de la época. Algunos lo hacen conspirando con los tejedoristas en una nueva insurrección; otros lo ven viajando hacían Mendoza donde tendría seguro refugio; hay quienes lo imaginan a caballo surcando los campos de Buenos Aires y los que aseguran que a bordo de un vapor cruzó rumbo a su patria chica, Entre Ríos, para cruzar al Uruguay. A los pocos días finalmente se conocerá su pedido de asilo político en la Banda Oriental.


El general ya estaba cansado y pese a las tentaciones permanentes que le acercaban para encabezar nuevas asonadas contra el poder porteño, había decidido pasar sus últimos años en paz, lejos de las guerras intestinas que tanto dolor le habían causado. Ese mismo dolor que le había causado romper lanzas con su jefe Urquiza. Las continuas agachadas del vencedor de Caseros ante los porteños y su apoyo a la Guerra contra el Paraguay terminaron de separarlos. López Jordán le escribirá: “Usted nos llama para combatir al Paraguay. Nunca general, ese pueblo es nuestro amigo. Llámenos a pelear a porteños y brasileros. Estamos pronto. Esos son nuestros enemigos”. Sin embargo, hasta el último de sus días negará que haya mandado a matar a Don Justo José, muerte que le endilgara Sarmiento y por la cual sufría cárcel en Rosario. Casi una década estuvo asilado del otro lado del Plata, hasta que el presidente Juárez Celman lo indultó.


El anciano general, de avanzada calvicie y frondosa barba blanca, lleva un caminar recto por calle Arenales. Iba unas cuadras más allá, a visitar a su amigo. Un hombre joven, alto, de bigotes, viene apurando el paso por detrás. Al llegar frente al número 562, entre Lavalle y Tucumán, lo alcanza y mientras le dice: “Soy el hijo del comandante Aurelio Casas que usted mandó a degollar y vengo a matarle”, le descerraja dos tiros en la cabeza. López Jordán cae, esta vez si, definitivamente vencido. El homicida trata de escapar pero es detenido por algunos vecinos. La venganza familiar quedará bajo sospecha en el juicio y, sobre todo, al parecer que hubiese sido un encargo de los hijos de Urquiza, que generosamente donaron 70 mil pesos a la esposa del asesino.

Ese 22 de junio de 1889, mientras la vida del último montonero federal se extinguía en pleno centro porteño, una clase dirigente se regodeaba de ser una Generación que se reflejaba en el espejo europeo, soñaban con ser lo que no eran y tiraban manteca al techo a costa de la postración del interior profundo argentino. La oligarquía argentina vivía en su esplendor.
 

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