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Los nombres como los pobres suelen ser pisoteados por el poder

Secciones - Especiales 16 de junio de 2019 Por Jose Luis "pepe" Berra
Tierra, techo y trabajo. Tres historias dispares en tiempo y espacio, pero encastradas en en los hilos y resortes de un sistema que no duda en eliminar aquellos que sean un peligro para sus negocios.
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Por José Luis "Pepe" Berra/ Periodista y Escritor. 

TIERRA
Para Héctor Reyes Corvalán su pedazo de tierra era su vida. Hacía 56 años que había nacido en el paraje santiagueño llamado Suncho Pampa. Ubicado sobre el límite, casi chocando con Salta. Su padre primero y con su familia después, todos vivían de lo que le daba la madre tierra y la cría de animales. Esa tierra dura, difícil, a veces impenetrable; sin embargo alcanzaba para proveer. Tampoco pedía demasiado, sólo trabajar y poder sustentar a los suyos. 
Así, sencillamente, pasaba sus días Héctor. Hasta que la calma de ese paraje casi perdido se vio alterada cuando llegaron los señores de la tierra. Reclamaban derechos de propiedad. Insistían en que abandonaran el terruño. Despojarlo de su suelo era quitarle sus sueños. Resistió los atropellos durante años.
Pero una mañana de octubre de 2018, un terrateniente de apellido Quesada, con la prepotente ayuda de la justicia y la policía, lo vino desalojar. Corvalán estaba junto a la tranquera, al cuidado de sus animales cuando llegó la patota. Fueron violentos. Le dispararon balas de goma. No había manera que entraran en razones. Destrozaron todo lo que había a su alcance. Mataron a los perros y se robaron el ganado. La impunidad del que manda exigía la sumisión del humilde campesino.
El campesino sabía que sin tierra su muerte sería una lenta agonía. Prefirió prenderse fuego. Lejos de llevarlo al hospital, su cuerpo quemado recaló en la comisaría, a la espera de una resolución de la jueza. La arbitrariedad fue cometida un 12 de octubre, día en que algunos celebran la conquista española de América.
Diez días después, Héctor murió por las quemaduras. Ninguno de los responsables quedó detenido. Según denuncia el Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero (MoCaSE) “casi el 75% de tierras cultivables está en manos de sólo el 15 % de empresarios del agronegocio", esta “violencia estructural” pone en riesgo la vida de los sistemas campesinos y de los pueblos originarios. La tierra parece no ser nunca para quien la trabaja.
Suncho Pampa queda en el distrito de Nueva Esperanza. Los nombres como los pobres suelen ser pisoteados por el poder.

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TECHO
Capi era un pibe que caminaba por donde los hacen miles de pibes diariamente, obligadamente. Era normal verlo por las barriadas humildes con su pelo largo, ese aspecto algo desaliñado y las zapatillas llenas de tierra, embarradas. Lo hacía por conciencia social. Desde apenas adolescente se acercó a la parroquia del “cura comunista” para ayudar, para ser solidario. Comenzó a participar de las Comunidades Eclesiales de Base.
En plena dictadura, la gran capital se vio surcada por la construcción de fastuosas autopistas. Miles de familias fueron expulsadas hacia el sur del conurbano bonaerense. En Solano, “una ciudad sitiada por el hambre” según el obispo Novak, el padre Berardo que venía de conocer la experiencia brasileña de Los Sin Tierra, comenzó a organizar las primeras ocupaciones de terrenos fiscales para esas familias que venían buscando un techo. Capi lo acompañaba.
Las tomas se fueron sucediendo y transformando en humildes asentamientos. Más de cien hectáreas pasaron a manos de los pobres, que organizadamente le daban forma a esas barriadas populares. Los dueños del negocio inmobiliario con terrenos fiscales comenzaron a inquietarse y a perseguirlos. Tenían la complicidad de la policía con el garrote y la Justicia con el guiño.
Capi se involucraba cada vez más con la militancia social. Repartía su tiempo entre la búsqueda de nuevas tierras públicas; los fogones donde, mate y torta fritas de por medio, juntaba a “los pibes de las esquinas” para charlar e intercambiar sobre la violencia institucional o las adicciones y la edición de una revista a pulmón “Latinoamérica Gaucha” que contaba los problemas del barrio, temas de derechos humanos y las denuncias sobre los negocios inmobiliarios.
En la noche del 5 de junio de 1988, junto a su amigo Javier Sotelo, iba llevando unos postes de luz al asentamiento “San Martín”. Nunca llegaron. Sus cuerpos fueron encontrados asesinados y con signos de tormentos. “Guerra de patoteros”, se animó a publicar algún diario.
Varios años después, al abrirse los archivos de la DIPPBA (Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires), en el legajo 27.910, se refieren a Capi como “Uno de los cabecillas de un grupo de personas que se dedicaba a captar carenciados sin lugar de residencia para introducirlos en terrenos fiscales y así radicar asentamientos”. También a su asesinato como “Elemento peligroso subversivo abatido por la policía de la provincia de Buenos Aires”. Toda una declaración de culpabilidad con un léxico típico de los genocidas.
Agustín Ramírez, que así se llamaba Capi, fue asesinado en plena democracia con los métodos y la inteligencia de la dictadura. Alguien al recordarlo dijo: “Fue un cristiano militante, demasiado transparente para este mundo”.

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TRABAJO
La historia de Walter Monzón puede reconocerse en muchas otras historias. Chaqueño, con 12 hermanos, su familia buscó en Tucumán algo de alivio para la pobreza. Sin embargo, las cosas no fueron fáciles. El trabajo era la changa y cada vez más salteada. Las necesidades empujan al vino y el alcohol a malas decisiones. Tuvo problemas con la policía.
Un hecho fortuito, “heroico” lo reconocieron los medios, le devolvió la posibilidad de pensar en su futuro. Un 11 de enero de 2018, cortando el pasto en las cercanías del puente sobre el río Gastona, vio como las caudalosas aguas se llevaban a la pequeña Tanya de 7 años. Pensó en su Antonella, diría después y sin dudar, saltó del puente para socorrerla y así salvarle la vida.
De todas partes llegaba el reconocimiento a su acción. El intendente de Concepción le prometió trabajo, lo invitaron a conocer el mar con todo pago, el tratamiento para su rodilla que terminó dañada por el salto y en la calle todo el mundo lo saludaba. Una llamada colmó su alegría: “Hola, Walter, ¿cómo andás? Te llamaba para felicitarte y decirte que fue muy lindo lo que te sucedió, lo que hiciste, cómo reaccionaste. Es algo muy lindo ver ese espíritu solidario sumado al coraje que tuviste para tirarte de ese puente a buscar a la nena”, era el presidente Mauricio Macri. 
El “Héroe de Concepción” tuvo un encanto efímero. A las pocas semanas se apagaron las luces de su gloria. Las promesas fueron nada más que promesas. No había más manos tendidas. La necesidad volvió a apretar a su familia. Para colmo de males, la policía volvió a perseguirlo. De héroe a villano.
Siguiendo la danza de las cosechas, el jornalero se fue para Mendoza pensando en algún conchabo en los viñedos. La suerte ya no estaba de su lado, sólo había sido un espejismo. Sin trabajo, sin plata, lejos de su esposa y sus tres hijos pero, sobre todo, sin un horizonte; Walter se suicidó en los días finales de octubre de ese mismo año.

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