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Las moras prohibidas

Especiales 22 de febrero de 2019 Por NEP Cooperativo
Se va un edificio mítico de Trenque Lauquen. Una historia de la niñez sobre Montoto contada por Javier Tiseira. Nostalgias entre 9 de julio y Paredes.
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Por  Javier Tiseira

No crucen el caminito de Montoto, nos decían nuestros padres cada vez que teníamos que ir a básquet, al gimnasio de Ferro de la calle Uriburu. La orden sonaba como una invitación a la aventura. Pero siempre les hacíamos caso.

Con Diego, mi hermano, dábamos la vuelta a la manzana para no pasar por esa especie de selva prohibida que no nos dejaba ver lo que pasaba del otro lado. Árboles gigantes, malezas que superaban ampliamente nuestra estatura, cardos, perros que entraban y salían. Y siempre algún pibe del barrio que aparecía entre los yuyales con cara de triunfador. En el medio hay una planta de moras, nos refregaban ellos, chica la pavada, les decíamos nosotros.

Volvamos por el caminito de Montoto, dijo Tato cuando salíamos de básquet, no pasa nada. Y la selva ya era nuestra. Había marcado un espacio mínimo por donde algunos cortaban camino, pero no se veía otra cosa que yuyos. Caminamos un largo trecho hasta que vimos que otro camino salía para un costado del terreno. Y lo seguimos. Después de pasar un par de cardos que se nos pegaban en la ropa desembocamos en lo que parecía un oasis para nosotros.

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El árbol de moras estaba ahí, con sus frutos relucientes en medio de un círculo perfecto de pastos aplastados. No lo podíamos creer. Estuvimos juntando moras un rato largo, ya teníamos las manos todas manchadas de violeta y los labios azulados. Nos quedamos sentados un rato los tres contra el tronco. Un ruido primero, pasos después. Y de golpe se abrió el matorral de pastos que daba al árbol. La cara de un viejo arrugado de pelos largos y grises nos rompió la tarde. Gritó algo que no alcanzamos a escuchar porque ya estábamos gritando y corriendo en cualquier dirección. Nunca se estiró tanto el tiempo como en esos segundos hasta que aparecimos por la calle 9 de Julio. Pálidos por el cagazo y violetas por las moras. Llegamos a casa, nos lavamos antes de que nos vieran nuestros padres.

Muchos años después, cuando fui a bailar por primera vez a Montoto, me buscaba el árbol por detrás del tapial del boliche y sentí en mi boca el sabor de esas moras prohibidas.

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